domingo, 17 de agosto de 2014
Luna emérita.
Me falla la vista. Sin embargo
todavía conservo parte de la agudeza visual de la que hacía alarde en mi
juventud. Los años no han pasado en balde, ni para ti ni para mí, pero aún
puedo verte entre los contornos bien definidos de tus arcos, esos que hace
tantos años aplacaban la sed de tus habitantes acercándoles el preciado bien y
que ahora albergan cigüeñas con su hermoso crotoreo.
Conservo en mi mente gratos
recuerdos de entonces que hoy, entre tus ruinas, y aprovechando mi eventual
cercanía en este caluroso verano, conmemoro iluminándote y maravillándome
nuevamente ante semejante belleza. Nos han vencido las piedras, algo
inimaginable entonces cuando te mostrabas orgullosa y altiva con tus calles
llenas de gente y el ruido incesante de sus sandalias de cuero golpeando el
suelo pétreo de tus plazas, esas que ahora cuesta ver, pero que están ahí,
enterradas durante siglos.
Te he acompañado durante tanto
tiempo que apenas si recuerdo cómo te conocí, pero sé que en algún momento te
vislumbre con mis rayos plateados, imponiéndome al sol cobrizo, casi oculto,
tras aquellos montes no muy lejanos desde donde una y otra vez eras sitiada,
envidiada por tu riqueza. A duras penas retengo en mi mente tus defensas a
ultranza, bañadas de sangre en la historia que, para tu desgracia, se repitió
tantas veces hasta hacerte caer en el olvido. Pero yo siempre estuve ahí, no
falté nunca a nuestra cita, a nuestro encuentro.
Sufro cuando evoco tantos
expolios que soportaste porque el egoísmo de los hombres venció al recuerdo de
la tradición y nadie supo valorarte justamente. Disfruté tanto cuando
comenzaron a descubrirte que agradezco eternamente a quienes te estudiaron
haber sabido mostrarte como eras, como eres, como serás.
Soy mucho más vieja que tú, lo
sabes. He vivido desde mucho antes de que llegaras, cuando aquí no había nada
parecido a lo que durante estos dos milenios me has mostrado. He disfrutado
tanto junto a ti que me cuesta pensar no verte nuevamente. Sé que seguirás ahí
durante mucho tiempo y yo estaré para disfrutarte acompañada de tu río,
implacable en ocasiones y dominado con sufrimiento, pero que te llena de
alegría y te hace tan especial.
No espero que
sepas valorar el esfuerzo que me supone alumbrarte con la intensidad que
mereces, solo quiero que sepas que cada vez me cuesta más, pues me hago mayor,
pero no cesaré en mi empeño y procuraré estar aquí nuevamente el próximo año
para contemplarte cuan bella eres.
A Mérida, de la luna.
Fotografía: Antonio
Campos González (@acg024).
Mérida a 17 de agosto de 2014.
Rubén Cabecera Soriano.
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Cuentos y relatos.,
Luna emérita.