viernes, 18 de enero de 2013
Se le fue la vida.
De pie. Alto y
erguido, orgulloso y recio, pero conciliador y sonriente. Traje sastre de tweed
con pantalón de pinza recto y talle alto, chaqueta cruzada abierta y chaleco abrochado,
camisa blanca con sobrecuello y fina corbata negra. Cabello lacio peinado
firmemente hacia atrás que deja a la vista una hermosa frente sobria. Zapatos brunos,
lustrosos. La mano izquierda entreabre una puerta enmarcada con jambas y dintel
color caoba; agarra firmemente la manilla de bronce y la luz comienza a invadir
la estancia que, sin embargo, parece exterior por la deslumbrante luminosidad
que se refleja en su rostro feliz. La mano derecha, caída, pero levemente
acomodada sobre el costado, acompasando al cuerpo girado en ademán de traspasar
el marco, sujeta un cigarrillo entero y apagado. Sus ojos, pequeños, vivaces,
te miran; están tranquilos. Esconde sus gafas en el bolsillo del chaleco, pero
eso no le impide ver con nitidez, ahora no le hacen falta, ahora no le hace
falta nada. Un fino bigote negro acaricia, bajo la afilada nariz, el menudo
labio superior y la comisura se levanta sutilmente, su cara irradia alegría.
A su derecha una
gran mesa de madera acoge cientos de folios timbrados, manuscritos con una
pluma nacarada que descansa seca entre legajos cosidos con buril y tiento
engrasado. Miles de nombres rellenan los volúmenes, vivos, muertos; todos brotaron
de su gruesa mano, llena de sabañones en invierno y delatada por la mancha de
tinta azul que, indeleble, señala su pulgar, ese que ahora pinza el pitillo.
Detrás de la mesa, un confortable sillón giratorio con el respaldo acolchado,
tapizado en cuero desgastado y deformado por largas e incansables horas de
trabajo. Sus ruedas no giran más.
A su izquierda, un
antiguo proyector de cine estropeado está rodeado por numerosos rollos de
películas en blanco y negro. Las latas que las albergan, destapadas, descansan
en el suelo enterradas entre entradas a sesiones ya taladradas. Una pequeña
taquilla con la puerta abierta permite ver una gabardina desgastada color crudo
que ha soportado muchas noches oscuras de lluvia. Bajo ella, perfectamente
doblada, exquisitamente planchada, una bata azul con el nombre cosido en la
solapa y sus iniciales, doradas sobre el estampado azul, en el dobladillo del
bolsillo camisero, bien visibles, JSP.
Tras la puerta se
vislumbra una silueta de mujer, oscurecida por la intensa luz de fondo, con las
manos extendidas, esperando pacientemente. Su rostro, invisible a nosotros,
sonríe felizmente. El encuentro es cuestión de instantes, al aguardo de la
despedida de esa vida que se le fue, pero qué importan unos segundos cuando
queda toda la eternidad, cuando queda toda su eternidad.
Este es mi recuerdo para mi abuelo, José
Soriano, fallecido el 16 de enero de 2013.
Mérida a 18 de enero de 2013.
Etiquetas:
Cuentos y relatos.,
Obituarios.,
Se le fue la vida.