Tenía a mi nieto en brazos. Lo dejé en el suelo para que pudiera caminar en cuanto comenzó a patalear para deshacerse de mi abrazo. Desde que comenzó a dar sus primeros pasos era lo único que quería hacer y si lo cogías, se revolvía para que lo devolvieses de nuevo al suelo y seguir practicando. Comprobar cómo guardaba un precario equilibrio emocionaba a la par que divertía. Yo lo perseguía con los brazos descolgados a los lados procurando que no se cayese. Si se percataba de mi disposición, daba un grito de protesta; y si echaba rodilla en tierra en algún traspiés, hacía un esfuerzo, rechazando cualquier ayuda, para incorporarse y volver –nunca mejor dicho— a las andadas. Era rubio, muy rubio, casi cano. Aún no hablaba, pero comenzaba a balbucear algunas palabras. Sus padres habían salido a cenar y yo me hacía cargo de él. Tenía los ojos de la madre, eso era innegable. Del resto ya veríamos.
Me puse a preparar la cena, bueno, a calentarla porque me la habían traído. Encendí la cocina. Eché en un cazo el puré y comencé a removerlo al fuego. El postre corría de mi cuenta. Había preparado un bizcocho que sabía que le encantaba. Fui a buscar un par de platos: uno para el niño, el otro para mí donde cortaría algo de fruta. Es uno de los problemas de la edad. Uno ya no puede permitirse excesos en las cenas. Entonces sonó el móvil. Era un mensaje, no una llamada. Desde que ocurrió aquello nunca silencio el teléfono, ni siquiera por la noche; lo hago por pura precaución y cierto miedo, todo el mundo sabe que el miedo es libre. Me acerqué y comprobé quién era el remitente: mi hija. Preguntaba por el niño. Respondí con un escueto «Está bien» y lo envié. Luego añadí «Lo estamos pasando fenomenal. Le estoy preparando la cena». Y nos pusimos a ello. No le gusta sentarse en la trona, pero yo me encuentro más cómodo porque lo controlo mejor mientras come. Cogió el cubierto y solito comenzó a llevarse cucharadas a la boca. La mitad del contenido se le iba derramando por la tabla de la silla y por el babero, pero era persistente. Tenía hambre. Me miraba y se sonreía como si supiese —y era verdad— que era el centro de atención y cualquier cosa que hacía provocaba en mí una conmovedora emoción. Entre cucharada y cucharada, cogía un pedazo de la fruta que me había cortado y me la llevaba a la boca. Él, a veces, interceptaba mi mano y me quitaba el pedacito para comérselo él. Era algo que le hacía mucha gracia… También a mí. Se le cayó un pedazo de los robados al suelo y me agaché para recogerlo; y en ese preciso instante llegó otro mensaje. «Esta madre…», pensé. Fui a tirar el pedazo de fruta a la basura y cuando regresé el móvil seguía recibiendo mensajes uno tras otro. No paraba de sonar. Lo cogí y comprobé que los mensajes eran de mis hijos, pensé: «Mierda, otra vez no…».
El mensaje que había llegado cuando nos disponíamos a irnos a la cama era un tanto extraño. Parecía estar hecho a trozos, sin mucho sentido. El contenido estaba claro; eran dibujos más o menos esquemáticos sin texto alguno, pero el código resultaba complejo; era una especie de jeroglífico. Mis hijos adolescentes y yo lo intentamos entender. Ellos también lo habían recibido al igual que había aparecido en las demás pantallas. De hecho, había aparecido en todas y cada una de las pantallas de la casa. Me di cuenta de la cantidad de dispositivos que tienen pantalla a nuestro alrededor. Siempre me he jactado de ver poco la televisión y, de hecho, es así. Es un aparato que se usa solo ocasionalmente y cuando nos sentamos a ver alguna película o similar. Sin embargo, hay en casa decenas de cacharros digitales con pantallas con distintas tecnologías capaces de reproducir aquel críptico mensaje. Y lo hicieron. El mensaje apareció en cada una de ellas, además de las de los móviles, el televisor y los ordenadores. Apareció en la pantalla del microondas, del frigorífico, del horno, de la lavadora… Incluso estando los aparatos apagados.
Entre los tres transcribimos el mensaje a un papel y nos volvimos al salón a intentar descifrarlo. Yo hablaba, ellos escuchaban y escribían. Los dibujos, a pesar de ser esquemáticos, se identificaban bien. Supusimos que la simplicidad respondía al hecho de que no todas las pantallas en las que aparecieron —que fueron todas las digitales conectadas a corriente o a Internet— tenían la misma resolución. Pensamos que quien quiera que las hubiese imaginado lo había hecho teniendo en mente una posible pantalla muy pixelada y de poca resolución. Tanto es así que, en las fabulosas pantallas de los móviles, del televisor y de los relojes, el mensaje resultaba un poco ridículo.
Reconocimos desordenadamente lo que parecía ser un hombre y una mujer, algo parecido a una mano, algo cercano a una boca, algo que era un ojo y algo que podría ser un dispositivo. Había algún grafismo más, pero no supimos identificar si era una cabeza, un cerebro o algo similar. De lo que nos dimos cuenta, según iba pasando el tiempo, era que esos símbolos, periódicamente, iban tachándose, siguiendo un patrón repetitivo y luego la tachadura desaparecía para volver a iniciar el ciclo.
Estuvimos toda la noche intentando comprender el sentido del mensaje. Tuvimos más o menos claro el significado rápidamente: aquello era una suerte de advertencia o amenaza para los seres humanos. Sin embargo, no conseguimos descifrar quién la hacía ni por qué. Durante todo ese tiempo intentamos comunicarnos con familiares, amigos, conocidos, incluso con los servicios de emergencias, pero no lo logramos. Las comunicaciones estaban bloqueadas. No nos atrevimos a salir puesto que se nos había recomendado permanecer en casa. Y lo poco que se veía cuando nos asomábamos a las ventanas de casa eran precisamente las luces de las ventanas de los vecinos. Supusimos que todos estábamos igual.
Imagen creada por el autor con IA.
En Mérida a 11 de ocutbre de 2026.
Rubén Cabecera Soriano.
@EnCabecera
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