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Conocía perfectamente al chófer, Alfredo, también era el jardinero, el carpintero, el que arreglaba las cosas y también quien traía la comida, la bebida y quien se encargaba de llevar a los niños adonde fuera necesario. Rosamundo quería haberse marchado en taxi. Tenía dinero para pagarlo porque los niños recibían una pensión del estado y Rosamundo, además, percibía algún dinero adicional por su ayuda con los cuidados de los más pequeños. Pero la directora se negó a que un taxi se llevase a Rosamundo del centro. Fue tan vehemente en su negativa que Rosamundo accedió. Ya sentada en el asiento del acompañante bajó la ventanilla e incorporándose con agilidad sacó la cabeza y lanzó besos a los que la estaban despidiendo, que eran todos. El coche arrancó y Rosamundo comenzó su nueva vida. Se sentó y se puso el cinturón. Rosamundo empezó a llorar. Alfredo la miraba de reojo en silencio. Nunca había sido muy expresivo y desde luego llevar a una niña —para él seguía siéndolo— llorando en el coche no resultaba especialmente cómodo. Cogió un pañuelo de papel y se lo ofreció. Rosamundo lo tomó con un gracias apenas audible que tranquilizó a Alfredo sin saber muy bien el porqué. Rosamundo sorbió sus mocos en un par de ocasiones y se limpió los ojos antes de dejar el pañuelo en el bolsillo de su pantalón. Entonces sacó el sobre que le había dado la directora. Lo dejó sobre su regazo y lo miró. Era marrón, le dio la vuelta y vio que tenía su nombre en el reverso. Lo abrió. Dentro había una nota escrita en una tarjeta con el nombre de la directora. Decía: “Sé feliz”. Rosamundo sonrió. Miró por la ventana y contempló el paisaje repleto de árboles tan conocido para ella. Había pasado su infancia jugando entre esos árboles. Los había visto crecer como ellos la habían visto crecer a ella. Regresó al sobre y comenzó a sacar documentos. Entonces Alfredo le preguntó: “¿Lo vas a leer?”. Rosamundo se sorprendió, conocía a Alfredo y nunca hubiera imaginado que pudiera llegar a hacerle esta pregunta. No tanto porque no se pudiese atrever a hacerlo, sino porque no creía haber intercambiado con él más de tres o cuatro frases en toda su vida, y, desde luego, estaba segura de que ninguna había sido una pregunta hecha por él. Alfredo la miró de reojo sin terminar la separar la vista de la carretera y prosiguió:\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Me ha pedido la directora que te lo preguntase si te veía abrirlo, también me ha dicho que te diga que no te enfades conmigo, pero yo ya sé que no te vas a enfadar.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—No te preocupes, no me enfado contigo. Sé que lo hacéis para protegerme. Gracias, pero sí, puedes decirle que lo voy a leer... Tengo que leerlo —terminó casi de forma inaudible.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERosamundo comenzó a ojear los documentos. Había varias hojas escritas y algunas fotos de una niña muy pequeña, recién nacida. Estaba desnuda. La miró y sin llegar a reconocerse supo quién era. Ella. La niña tenía heridas por todo el cuerpo, algunas más abiertas que otras y algunas casi sangrantes, también tenía llagas por la espalda, en los brazos y en las piernas. Su ombligo estaba tapado por una gasa enrojecida fijada a su pequeña barriga con un par de esparadrapos. Rosamundo no pudo contener la emoción y se echó a llorar. Lo hizo en silencio, no quería que Alfredo se diese cuenta. Las lágrimas cayeron de sus ojos sobre algunos de los documentos que tenía en su regazo. Se empaparon, pero no lograron borrar las palabras escritas sobre el papel, palabras que en breve pasarían a grabarse en el cerebro de Rosamundo para siempre. La niña pasó el puño de su manga sobre el papel y sobre sus ojos para enjugarse al tiempo que se tocaba alguna de las cicatrices de su cara, la niña acababa de dejar de serlo, la niña se había convertido en mujer. Se recompuso como pudo, cerró los ojos e intentó visualizar su dormitorio, ese que comenzó a disfrutar para ella sola cuando cumplió catorce años. Buscó en su mente cada recoveco de la habitación, donde tenía las muñecas, donde estaban los libros, donde guardaba su ropa, donde escondía su diario, quería recuperar algo de su niñez, pero ya no le fue posible, su infancia había quedado atrás, las imágenes que acababa de contemplar la habían enterrado, la habían transformado. Abrió los ojos y comenzó a leer lo que aquellos documentos tuvieran que contarle, aunque ya tenía muchas de las respuestas que la habían atormentado durante su estancia en el orfanato. Sintió el peso de su corta vida cayendo sobre su alma, se reveló ante ella, con extrema claridad, su sufrimiento. Una profunda angustia se apoderó de su mente, fue una sensación terrible que desconocía hasta entonces, ella, que había sido siempre pura vitalidad y alegría, estaba sufriendo un profundo dolor incomparable con el que había sentido poco tiempo antes al dejar atrás a su familia en el centro. El peso de ese dolor oprimía su corazón y casi le impedía respirar. Sin embargo, Rosamundo no había perdido su valentía, su osadía y su arrojo. A sus dieciséis años había descubierto el dolor, el verdadero dolor. No el dolor físico, a veces sangrante, que cura el tiempo y que nos recuerdan las cicatrices. Rosamundo se tocó de nuevo algunas de las que cubrían su cuerpo y su cara para intentar rememorar ese dolor, solo percibió un amasijo de carne encallada y abultada en el que la sensibilidad resultaba dispar. No, Rosamundo había descubierto un profundo dolor en su alma, pero no quiso huir de él, no quiso alejarse y olvidarlo, quiso enfrentarse a él, luchar contra él y derrotarlo, vencerlo con la misma determinación que tuvo para decidir abandonar la que hasta entonces había sido su casa. Entendió que necesitaba superarlo para poder ser lo que quería ser por más que aún no lo supiera. Rosamundo entendió que aparecerían en ella nuevas cicatrices, cicatrices invisibles que solo ella percibiría, pero que estarían acompañándola durante el resto de su vida. No sabía si contemplar esas cicatrices le produciría dolor, pero estaba segura de que las heridas que acababan de abrirse dentro de ella sanarían. Estaba muy segura, aunque su camino sería largo. Lloró nuevamente. No dejaría de llorar durante todo el camino.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EFoto de Foto de Karolina Grabowska en PEXELS\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EEn Milán a 10 de enero y en Mérida a 29 de enero de 2023.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003Cspan\u003E\u003C\/span\u003E\u003C\/p\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u003Cp\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/7673044627205705522\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2023\/01\/rosamundo-metio-solo-una-maleta-en-el.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/7673044627205705522"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/7673044627205705522"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2023\/01\/rosamundo-metio-solo-una-maleta-en-el.html","title":"Rosamundo (iv)."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEi-HeBzdtFkOhSETKX0KbrivaCV1cZjM1El_s5trLQn6Mg6nd4jOqqP7DMImM1Afx-8zfR5URk2-U5hYCcDxAWDyVBNGzVjnWHAs4aXghsRp19UwY64UyUYoQKolHBckDmL9XKQAuxAbW54fRbKCFsOicsnEmrCoc2MHPVJZE9d4NjG32Y8gjMGJhavSQ\/s72-c\/1.jpeg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}},{"id":{"$t":"tag:blogger.com,1999:blog-5750019062073990014.post-4782645508309809494"},"published":{"$t":"2023-01-15T07:13:00.001+01:00"},"updated":{"$t":"2023-01-29T08:12:23.429+01:00"},"category":[{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Cuentos y relatos."},{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Rosamundo."}],"title":{"type":"text","$t":"Rosamundo (iii)."},"content":{"type":"html","$t":"\u003Cdiv class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\"\u003E\u003Ca href=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEiXOiVrWO1LYzZ5QCBbCUDhrJCEz27kHv_SLj_I5e2vzvByRGTQwhYZZCLchNGmnxS5K-Z5heG-xTqa7mt6uzZs_O3_YGnSZALnicpaQYO-NLU_e0wozLvJWzOq8MQwp_4PHNCvfZJg1wHmxNDfa1DdrZhtRQbf3e00e33B-zc7mlC76QDGR6sAMaNPGw\/s3500\/1.jpg\" imageanchor=\"1\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"\u003E\u003Cimg border=\"0\" data-original-height=\"3500\" data-original-width=\"2333\" src=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEiXOiVrWO1LYzZ5QCBbCUDhrJCEz27kHv_SLj_I5e2vzvByRGTQwhYZZCLchNGmnxS5K-Z5heG-xTqa7mt6uzZs_O3_YGnSZALnicpaQYO-NLU_e0wozLvJWzOq8MQwp_4PHNCvfZJg1wHmxNDfa1DdrZhtRQbf3e00e33B-zc7mlC76QDGR6sAMaNPGw\/s16000\/1.jpg\" \/\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/div\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERosamundo se marchó del orfanato nada más cumplir los 16 años. Los niños que partían con esa edad siempre tenían algo buscado desde la institución. En algunos casos incluso se le facilitaba alguna ayuda económica para seguir sus estudios, pero Rosamundo no quiso nada. Sus cuidadores, cuando ya no lo fueron pues no lo necesitó, le habían contado su historia, porque Rosamundo les había preguntado, no tenía miedo y quiso saber quién era. A veces, hacer el esfuerzo de conocernos, de bucear en nosotros mismos, abre puertas tenebrosas que nadie quiere traspasar, pero ella no era así e insistió hasta que logró que le contasen todo lo que sabían de ella. Supo lo de su abandono, lo del granjero, lo de su peluche el pingüino que abandonaría con ella el orfanato, pero cuando preguntó acerca de su ombligo, nadie le supo contestar, y cuando preguntó acerca de las cicatrices de su cara y de su cuerpo, esas que la hacían diferente, esas que convertían que su cara y su cuerpo en algo que no era hermoso para algunos, esas que provocaron que nadie se fijase en ella mientas podía ser adoptada por una familia, más que para compadecerse en ella, nadie supo o nadie quiso decirle nada. Ella insistió, quería saber por qué no era hermosa, por qué su ombligo era tan extraño, pero no obtuvo respuesta. Pidió ver su informe, aquel documento administrativo en el que estaba escrita su historia hasta que llegó al orfanato, aquel que contenía su vida, esa que cualquier padre le hubiera contado, pero que ella nunca pudo escuchar. Le dijeron que no podían mostrárselo hasta que no cumpliese la mayoría de edad. Le dijeron que tampoco encontraría mucha información. Le dijeron que no merecía la pena perderse en esos documentos. Pero Rosamundo negaba con su cabeza y con paciencia asentía a la espera de que llegara el día en que pudiera leer la historia de su vida.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ETodos los trabajadores del centro, el día de su dieciséis cumpleaños, le prepararon un regalo precioso, envuelto en un papel con maravillosos colores y un lazo azul que era su color preferido. Rosamundo agradeció de corazón el regalo, era un libro con fotos en las que ella aparecía desde que llegó a la institución firmado por todos, y a todos les fue dando un beso de agradecimiento y despedida que recibieron con alegría y orgullo porque sabían que Rosamundo era una joven maravillosa. Cuando Rosamundo fue a darle el beso a la directora, a la que le tenía especial cariño, se encontró con un sobre que le tendió. La directora le dijo que ese sobre contenía el documento en el que estaban escritos los primeros días de su vida. Antes de dárselo, con lágrimas en los ojos, le pidió que no lo leyera, que no había nada allí que pudiera servirle en su vida, le dijo que algunos pasados no son hermosos y que conocerlos no hacen bien. La directora se lo decía a sabiendas de que no podría luchar contra la determinación de Rosamundo, porque ella, que tuvo que leerlo hacía muchos años, cuando Rosamundo llegó, tenía un recuerdo horrible, a pesar de la gran cantidad de informes a los que se había enfrentado durante sus más de dos décadas en el cargo, de lo que allí estaba escrito y no quería para Rosamundo ese sufrimiento. Las manos de ambas, mujer y joven, sostuvieron durante un instante el sobre. La directora lo retuvo levemente, pero Rosamundo, valerosa, lo atrajo para sí hasta que la directora con todo el dolor de su corazón lo soltó. Rosamundo lo sujetó con las manos contra su pecho. No sabía qué iba a encontrar, pero estaba segura de querer saberlo.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Hija mía —le dijo la directora—. Solo te pido que no lo leas aquí. Sé que no puedo convencerte de que te quedes, sé que no puedo luchar contra tu arrojo, lo sé desde que eras así —y bajó la mano para señalar la altura de una niña de apenas unos años—. No puedo luchar contra eso, lo sé y tampoco podré convencerte de que no lo leas, pero lo que ahí está escrito es doloroso y me gustaría que no fuera ese el último recuerdo que tienes de nosotros. Sé que esto que te pido es egoísta. Sé que no es justo porque has estado esperando este día desde hace muchos años, pero concédeme, por favor, este deseo porque es tanto lo que te quiero que se me partiría el corazón si te viese llorar leyéndolo.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERosamundo la miró fijamente y sonrió:\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Así lo haré —le dijo apenada por su marcha—, lo leeré cuando esté lejos de aquí para que el recuerdo mi casa —así se referían al orfanato todos los niños— sea tan bonito que siempre quiera regresar. Aunque sabe perfectamente —también era costumbre que todos los niños tratasen de usted al personal del centro—que nada podría cambiar la opinión que tengo de todos vosotros.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ELa directora asintió y se volvió apresurada para que Rosamundo no viera cómo era incapaz de contener las lágrimas. Rosamundo se acercó a ella y la abrazó. La directora se volvió y se dejó abrazar. Cuántas veces no había hecho ella ese gesto con Rosamundo, le parecía increíble que fuese aquella pequeña niña la que ahora la estaba consolando. Se sintió mayor, demasiado mayor para seguir haciendo ese trabajo. Se separaron y la directora sujetó a Rosamundo por los hombros. La miró y se sonrió. Le deseó de corazón, ninguna palabra surgió de sus labios, toda la felicidad del mundo; lo hizo cerrando los ojos y abrazándola de nuevo. Sintió entonces que aquella niña, que aquella joven, era ahora una mujer. Rosamundo se despidió de todos. Bajó las escaleras de acceso al centro y los niños más pequeños corretearon a su alrededor dándole besos y abrazos. Todos la querían porque ella a todos quería y solo con amor puede corresponderse el amor. Rosamundo se detuvo delante del coche que le acercaría a la ciudad, miró hacia atrás y se despidió saludando con la mano y con las lágrimas de sus ojos mientras que un pensamiento que no pudo evitar surcó su mente de forma inopinada, nunca regresaría.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EFoto de cottonbro studio en PEXELS\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EEn Milán a 10 de enero de 2023.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003Cspan\u003E\u003C\/span\u003E\u003C\/p\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u003Cp\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/4782645508309809494\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2023\/01\/rosamundo-iii.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/4782645508309809494"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/4782645508309809494"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2023\/01\/rosamundo-iii.html","title":"Rosamundo (iii)."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEiXOiVrWO1LYzZ5QCBbCUDhrJCEz27kHv_SLj_I5e2vzvByRGTQwhYZZCLchNGmnxS5K-Z5heG-xTqa7mt6uzZs_O3_YGnSZALnicpaQYO-NLU_e0wozLvJWzOq8MQwp_4PHNCvfZJg1wHmxNDfa1DdrZhtRQbf3e00e33B-zc7mlC76QDGR6sAMaNPGw\/s72-c\/1.jpg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}},{"id":{"$t":"tag:blogger.com,1999:blog-5750019062073990014.post-4435744595074210183"},"published":{"$t":"2023-01-08T08:49:00.003+01:00"},"updated":{"$t":"2023-01-22T07:17:47.308+01:00"},"category":[{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Cuentos y relatos."},{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"El juicio de Dios."}],"title":{"type":"text","$t":"El juicio de Dios (xxiv)."},"content":{"type":"html","$t":"\u003Cdiv class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\"\u003E\u003Ca href=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEj4hO4NRZB5MvAM7jEHYPp3R_cpiaAvdNkbYgNlur87O0Z5Jaw7xOwTTYP4KHhKYoVrfMXrLISD0W5Lz5Fb5--TeOnOe0YLcNIsLnMxv8FCmIE-RNOZba5PdISEhGKrN4nEIe351U-Gzgv504ct-GpJblv4IxsH2jgqokKof11EgSaqvTvpr410V2_xow\/s3798\/1.jpeg\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"\u003E\u003Cimg border=\"0\" data-original-height=\"2532\" data-original-width=\"3798\" src=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEj4hO4NRZB5MvAM7jEHYPp3R_cpiaAvdNkbYgNlur87O0Z5Jaw7xOwTTYP4KHhKYoVrfMXrLISD0W5Lz5Fb5--TeOnOe0YLcNIsLnMxv8FCmIE-RNOZba5PdISEhGKrN4nEIe351U-Gzgv504ct-GpJblv4IxsH2jgqokKof11EgSaqvTvpr410V2_xow\/s16000\/1.jpeg\" \/\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/div\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERegresé de mi paseo y justo antes de llegar al juzgado quise protegerme en los soportales del edificio en que se celebraba el juicio para evitar la tormenta que se cernía entre los últimos estertores de un sol que me abandonaba y comenzó a descargar agua sobre mí. No llegué a tiempo y las primeras gotas cayeron sobre mi cabeza como una premonición de algo que no sabía cómo iba a transcurrir. Me sequé como pude en el vestíbulo del edificio y accedí a la sala en la que se celebraba el juicio que se reanudaría con total normalidad. Demasiada a mi entender, sobre todo después de lo que había ocurrido con el discurso del fiscal. Tuve la sensación de que nadie le había dado la importancia que tenía. Dios acababa de ser exculpado en base a su culpa. Parecía una paradoja, pero estuvo tan bien argumentada que difícilmente podría ser descartada sin más. Se trataba de una conclusión, la que presentó el fiscal, que trascendía al juicio, que minaba lo más profundo de la fe de cualquier religión. Y, sin embargo, era el ser humano el que perdonaba y era el ser humano el que decidía sobre Dios y, por ende, sobre cualquier dios. No había sido necesario utilizar razonamientos metafísicos, ni procurarse argumentos filosóficos de gran profundidad. El fiscal había utilizado un pensamiento racional muy sensato, creíble, deducible, al alcance de cualquiera que estuviese dispuesto a oír. Eso dejaba a Dios, en tanto que dios, en una posición muy delicada. De una parte, salvaguardaba su libertad, de otra, pasaba a ser un simple mortal con un nombre extraño. Mi pensamiento buscaba entender las consecuencias de esta realidad si el juicio terminaba dándole la razón al fiscal y dictaminando la libertad de Dios en base a sus consideraciones. Dios estaba siendo juzgado por el más alto tribunal que podía concebirse entre los hombres y su exculpación, sobre la base de los argumentos de la fiscalía, suponía de facto la consunción de cualquier forma de divinidad en la Tierra. Era evidente que las religiones no reconocerían la sentencia. Era evidente que tampoco se produciría la desaparición de las religiones. Era evidente que los más altos dignatarios y representantes de los distintos credos argumentarían que ningún tribunal humano podía siquiera plantearse juzgar a dios y que, por tanto, aquel juicio no había sido más que una pantomima montada por aquellos que querían eliminar cualquier vestigio de fe para hacerse con el control de la humanidad. Negarían la divinidad de Dios, acusándole de farsante. Olvidarían intencionadamente su silencio durante el proceso, que les defendía ante cualquier posicionamiento y les permitía pronunciarse a posteriori, y negarían, en caso de ser interpelados, cualquier reunión —y yo soy testigo de que las hubo, y conocedor de su contenido porque Dios quiso que lo supiese después del juicio— con Dios para buscar algún atisbo de afinidad con su religión que pudiera servirles de impulso en las horas caídas que todas las religiones sufrían en un mundo cada vez más tecnificado gracias a los avances de la ciencia, lo que propiciaba la debilidad de la fe salvo cuando esta era impuesta bajo amenaza de castigo o se implantaba en entornos analfabetos o controlados educativa y culturalmente por cualquier culto religioso. Las religiones necesitaban creyentes para sostener su negocio, para incrementar su imperio. Eso era algo que había aprendido gracias a Dios y el propio Dios había intentado luchar contra esos emporios, pero se dio cuenta enseguida de que resultaba inútil esforzarse en eso cuando existían otras cosas mucho más importantes que hacer en la Tierra durante su estancia. Además, un pensamiento de Dios que me ofreció durante alguna conversación que mantuvimos acerca de las religiones se me quedó grabado y creo que fue una reflexión muy acertada. Vino a decirme algo así como que las religiones, en cuanto a su sistema organizativo dirigido por seres humanos, a pesar de que se han convertido en monstruos capaces engullir cualquier señal de riqueza para fomentar su propia ostentación y opulencia lo que les hace caer en el oprobio, mantienen de cara a la gente una fachada que les que permite aglutinar algunos valores intrínsecamente humanos y ciertos derechos que todos deberían disfrutar. Esa fachada le resultaba necesaria a las religiones para mantener su estatus, pero, al mismo tiempo, trasciende su falsedad para convertirse en una realidad que ayuda a la humanidad desde alguna de las ramificaciones de cada religión.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEn la sala busqué a Dios con mi mirada, necesitaba algún gesto de complicidad por su parte puesto que me sentía olvidado. Yo mismo era consciente de que esa sensación que albergaba no era más que el reflejo característico de una duda de fe. Se trataba de una reacción natural que cualquiera sufre si su creencia se fundamenta en la fe y no en la razón y en la ciencia. Es lógico que aquello que creemos basado en nuestra intuición, esperanza o necesidad, esto es, en nuestra fe, propicie estados de incertidumbre puesto que no existe ninguna garantía de veracidad en dicha fe. Y, por tanto, en esos instantes, cualquier indicio de realidad que se pueda percibir asienta y consolida nuestro credo. Así estaba yo, deseando la más mínima señal de Dios para recuperar mi fe en él. Le buscaba con ansia, con ahínco, pero no me atrevía a dirigirme a él porque tenía miedo a que percibiese mi falta de fe. Entonces me miró y me sonrió. No tenía por qué hacerlo, ni mucho menos, pero intuí que sabía que necesitaba su gesto y me lo dio, y se lo agradecí, y me tranquilicé. Después miré a María que debía encargarse de defender a Dios, debía hacerlo presentándole como dios, pero exculpándoles de las acusaciones que se vertían sobre él para asegurar su libertad. Mantuve la mirada sobre ella, buscando una reacción similar a la que había tenido con Dios, aunque en esta ocasión no necesitaba su condescendencia, ni tan siquiera un gesto de connivencia subrayado por alguna mueca que me hiciese sentir mejor. Creo que lo que buscaba era justo lo contrario: transmitirle a ella mi confianza en su trabajo, mi ánimo para su defensa. No creo, la verdad, que ella lo necesitase. No creo, la verdad, que ella buscase alguna complicidad conmigo. No creo, la verdad, que mi ánimo inflamado, gracias al gesto de Dios, pudiese insuflar en María nada más que cierta condescendencia y seguramente compasión hacia mí. El caso es que no me miró y si percibió mi persistencia, no le hizo caso alguno y mantuvo su mirada fija en los papeles que tenía ante ella y que leía y releía y subrayaba y anotaba. Estaba tan concentrada que no podía prestar atención a nada ni a nadie más. Entonces el tribunal retornó a la sala y todos nos pusimos en pie. María fue ayudada por su asistente a levantarse y luego tuvo que sostenerla hasta que los jueces se sentaron, y fue entonces cuando me di cuenta de que su rostro estaba compungido, triste, apenado. Algo se me escapaba.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EFoto de Алексей Васильев en Pexels.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EMérida a 8 de enero de 2023.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003Cspan\u003E\u003C\/span\u003E\u003C\/p\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u003Cp\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cdiv\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/div\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/4435744595074210183\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2023\/01\/el-juicio-de-dios-xxiv.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/4435744595074210183"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/4435744595074210183"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2023\/01\/el-juicio-de-dios-xxiv.html","title":"El juicio de Dios (xxiv)."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEj4hO4NRZB5MvAM7jEHYPp3R_cpiaAvdNkbYgNlur87O0Z5Jaw7xOwTTYP4KHhKYoVrfMXrLISD0W5Lz5Fb5--TeOnOe0YLcNIsLnMxv8FCmIE-RNOZba5PdISEhGKrN4nEIe351U-Gzgv504ct-GpJblv4IxsH2jgqokKof11EgSaqvTvpr410V2_xow\/s72-c\/1.jpeg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}},{"id":{"$t":"tag:blogger.com,1999:blog-5750019062073990014.post-8134850708381392148"},"published":{"$t":"2022-12-31T09:12:00.001+01:00"},"updated":{"$t":"2022-12-31T10:20:06.407+01:00"},"category":[{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Cuentos y relatos."},{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Será árbol."}],"title":{"type":"text","$t":"Será árbol."},"content":{"type":"html","$t":"\u003Cdiv class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\"\u003E\u003Ca href=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEj0P6vLDGx_s03xLSGalqQEQEOZkDZ3UkWcgEiRJzAGQ16nP0sldAlTekQwI-iTmK8-mGtM-oMX63nCSY5CJym0sw9mavNJDKih0HtjkI68z7dnfl2olC1A9wyih36yEMkAUpj2bCGKnBh6eL-KjLBrO5retrNrtLf2mJMlf4vyNoO58kuEHYWq79DAUg\/s3024\/1.jpg\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"\u003E\u003Cimg border=\"0\" data-original-height=\"2621\" data-original-width=\"3024\" src=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEj0P6vLDGx_s03xLSGalqQEQEOZkDZ3UkWcgEiRJzAGQ16nP0sldAlTekQwI-iTmK8-mGtM-oMX63nCSY5CJym0sw9mavNJDKih0HtjkI68z7dnfl2olC1A9wyih36yEMkAUpj2bCGKnBh6eL-KjLBrO5retrNrtLf2mJMlf4vyNoO58kuEHYWq79DAUg\/s16000\/1.jpg\" \/\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/div\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEs extraña nuestra existencia. A nadie parece importarle si nuestra vida está llena de magia, y es probable que no lo esté, pero, sin embargo, aquello que se escapa a nuestra mente, a nuestro entendimiento, aquello que nuestra ciencia no es capaz de explicarnos y que en manos de los dioses se convierte en fe irracional, eso, a veces, solo a veces, ocurre, y entonces nos llena de esperanza e ilusión. Ambas emociones pueden ser traicioneras si no se acompañan de esfuerzo y perseverancia. La esperanza y la ilusión arremeten contra la más pura lógica, pero son débiles por más que queramos creerlas cuando se enfrentan al tiempo y la distancia. Requieren nuestro firme compromiso y exigen ciertas renuncias para las que no siempre estamos preparados porque esperanza e ilusión viajan en el mismo tren y comparten vagón con la incertidumbre.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EPaseaba. Yo, que tengo la oportunidad de verle día a día, voy a haceros una revelación: sus paseos no son contemplativos ni buscan encontrar la belleza del paisaje, son casi obligados. Los hace pegado al teléfono, pero los hace en un pequeño parque junto a su oficina. Y ese fue el principal motivo por el que eligió el local en el que proseguiría su actividad profesional: el parque. No le hagan mucho caso cuando les cuente que el precio era muy bueno, o que se aparca fácilmente, o incluso cuando les diga que salir de la ciudad para sus viajes es muy fácil desde allí. No les está mintiendo, pero no les cuenta todo, el verdadero motivo es el parque. Le entusiasmaba la idea de ver los árboles desde su mesa y le gustaba la imagen de verse caminando mientras contestaba las malditas y numerosas llamadas que asfixian su día a día. El parque es más bien parquecito, pero tiene árboles y está lleno de césped, que reseca y amarillea en verano, pero que enverdece con fuerza a partir de las primeras lluvias primaverales. También tiene bancos, aunque él no los usa mucho salvo en alguna ocasión extraña en la que, a mediodía, decide descansar y trasponerse al sol. Él usa el parque para caminar mientras habla, pero ese pequeño parque le devuelve energía y vitalidad. Él lo agradece y el parque no le pide nada a cambio, sin embargo, él quiere devolverle ese regalo velándolo.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEl parque está bien cuidado, se podan los árboles, se corta el césped y se arreglan los arbustos que ocasionalmente ofrecen alguna tímida flor que poca gente contempla y que solo disfrutan las abejas, pero hay épocas en las que el parque está más desentendido. La verdad es que no se sabe bien por qué, tal vez sería necesario que alguien ofreciese alguna respuesta, pero si no fuese por eso, yo no podría contaros esta historia.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EUn día, no hace mucho, en uno de los paseos telefónicos durante los cuales él mira distraído los árboles y el césped, y huye de los ruidosos coches que pasan por la carretera e incluso de los peatones y viandantes que pasean a sus perros por allí, vio en el suelo algo y le llamó la atención. Estaba separado del camino que los caminantes han creado con sus caminatas y que ningún arquitecto o urbanista podría haber proyectado nunca. Él suele recoger la basura que encuentra tirada por el suelo para que su parque esté siempre limpio. No le gusta que la gente lo ensucie, pero tampoco les reprocha nada. Seguramente porque lo hace de forma casi inconsciente, mientras responde preguntas o exige respuestas por su teléfono. Al verlo, pensó que se trataba de una pequeña bolsa de plástico, así que se acercó dispuesto a recogerla para depositarla en la basura. Sin embargo, cuando estuvo frente a ella, mirándola desde arriba, se percató de que no era una bolsa, era una especie de fruta, entre limón y naranja, según quiso deducir por el color. La recogió y se dispuso a depositarla en la papelera más cercana como acostumbra a hacer. La llevaba en su mano izquierda y cuando alcanzó la papelera se detuvo y miró la fruta. No había ningún árbol frutal de donde la había recogido y además estaba en un lugar algo recóndito por el que no transitaba demasiada gente. Él, como guardián oficioso del parque, lo sabía bien. La fruta estaba limpia y madura, y eso le llamó la atención, así que decidió guardarla sin saber muy bien para qué.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEl día había sido intenso, no muy diferente de los demás. Desde hacía algún tiempo había logrado que su profesionalidad desapareciese cuando lo necesitaba para dejarle descansar el espíritu, y aunque no eran muchas horas al día en las que se permitía ese descanso, su cuerpo y su mente lo agradecían mucho, y su familia, así lo pensaba él, también. Al llegar a casa, preparó la cena y los niños la tomaron. Él los miraba sonriente, absurdamente sonriente, casi embobado, como le solía pasar con ellos; e incluso cuando peleaban o se enfadaban no podía evitar asombrarse con su inocencia y su ausencia de rencor, a pesar de que sabía que antes o después acabarían desapareciendo. El caso es que, después de fregar la loza, recordó que en el bolsillo de su abrigo se encontraba esa extraña fruta que había encontrado en el parque y un pensamiento se le vino a la cabeza: la plantaría.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ESiempre le habían gustado las plantas, nunca había tenido muchas, porque encontraba una profunda belleza no en el hecho de tenerlas, sino en el hecho de plantarlas, cuidarlas y verlas crecer. Luego normalmente las regalaba cuando ya estaban suficientemente crecidas. Siempre eran árboles, pequeños árboles que nadie podría leñar y que nunca crecían demasiado en las pequeñas macetas en las que los plantaba. Abrió la fruta con los dedos y ahí estaban sus semillas rodeadas de un intenso aroma cítrico que envolvió la cocina donde tenía el macetero preparado. Era consciente de que no era la mejor época para plantar unas semillas y aun así lo hizo. Le daba un poco de pena pensar que no podrían crecer, pero un extraño e inexplicable impulso le llevó a plantarlas. Con una cuchara había hecho un pequeño hueco en la tierra de la maceta para depositar las semillas. Las enterró con parte de la carne de la fruta y las regó. Ese ritual casi sagrado que pocas veces había hecho le produjo una inmensa satisfacción. Ese gesto le ofrecía en esencia la posibilidad de crear vida si todo salía bien. Era una gran responsabilidad y, pesar de no estar muy convencido, lo hizo.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EAl día siguiente, a sabiendas de que nada encontraría, al levantarse temprano como siempre, miró el macetero. Nada encontró y sonrió complaciente. No son semillas mágicas, pensó algo entristecido. A mediodía, busco una esquina soleada en el alféizar de una ventana y dejó la planta allí un buen rato. Y así repitió el gesto uno y otro día cuando el sol lo permitía regando ocasionalmente la maceta para que la planta tuviese agua suficiente para crecer si esa era su intención.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EY no como suele ocurrir en la vida y sí en los cuentos, un día, casi de forma inopinada, ocurrió el milagro. Un minúsculo brote surgió de la tierra, era casi inapreciable, pero estaba allí. Lo primero que hizo fue sonreír pensando cómo era posible que esa maravilla aconteciese. Después, lleno de serenidad y paciencia, y asumiendo la responsabilidad que la vida le ofrecía, comprobó si tenía suficiente agua y la dejó en su luminosa esquina. Los días fueron transcurriendo con normalidad y una nueva sorpresa aconteció en forma de nuevo brote. Otra de las semillas había germinado. Era un maravilloso acontecimiento que compartió con su familia. Pero lejos de quedar ahí, cuando las dos semillas más tempraneras habían alcanzado cierta envergadura, poco más de un par de dedos, un nuevo brote surgió: pequeño e indefenso frente a sus hermanos ya creciditos. Sin embargo, lejos de achantarse, arrancó con la fuerza de una espiga alargada y al cabo de una semana en la que las hojas de los hermanos estaban tomando sus posiciones para captar la luz del sol con la que disfrutaban cuando las nubes lo permitían, creció hasta lograr rebasarlas. Al poco tiempo otro par de semillas surgieron prodigiosamente de la tierra. Todas las semillas que había plantado querían vivir. Todas las semillas estaban ahí, orgullosas, listas para enfrentarse con lo que la vida les deparase. Ellas no lo sabían, pero dependían de la paciencia y perseverancia de su sembrador y lo que les puedo asegurar es que paciencia y perseverancia las tiene de sobra para creer en un futuro lleno de esperanza y de ilusión como si él mismo fuese el árbol que plantó.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EFotografía del autor.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EEn Mérida a 31 de diciembre de 2022.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003C\/p\u003E\u003Cspan\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/span\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/8134850708381392148\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/12\/sera-arbol.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/8134850708381392148"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/8134850708381392148"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/12\/sera-arbol.html","title":"Será árbol."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEj0P6vLDGx_s03xLSGalqQEQEOZkDZ3UkWcgEiRJzAGQ16nP0sldAlTekQwI-iTmK8-mGtM-oMX63nCSY5CJym0sw9mavNJDKih0HtjkI68z7dnfl2olC1A9wyih36yEMkAUpj2bCGKnBh6eL-KjLBrO5retrNrtLf2mJMlf4vyNoO58kuEHYWq79DAUg\/s72-c\/1.jpg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}},{"id":{"$t":"tag:blogger.com,1999:blog-5750019062073990014.post-7879395538827868254"},"published":{"$t":"2022-12-25T09:00:00.006+01:00"},"updated":{"$t":"2022-12-26T07:38:38.052+01:00"},"category":[{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Cuentos y relatos."},{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Un pequeño cuento de Navidad."}],"title":{"type":"text","$t":"Un pequeño cuento de Navidad."},"content":{"type":"html","$t":"\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cdiv class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\"\u003E\u003Ca href=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEjGxCVsOwsIz3Xrc2ouA2CqPkOYtYZxaAC3Hu1oeMwg-g6m8dqU2TCGwp21m9epcGIib7oK4vMKGT7TORUN6hiLjkiWiublwuuGHm5-UqyOisij94K1GCvC6DG5JAB1YqomfKbmNZcgz1zkuh8pM_Lz7tvSn9wG3Y_E09nmqcDvrkSvMo9MX02ec6bP0g\/s2204\/1.jpg\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"\u003E\u003Cimg border=\"0\" data-original-height=\"2204\" data-original-width=\"1871\" src=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEjGxCVsOwsIz3Xrc2ouA2CqPkOYtYZxaAC3Hu1oeMwg-g6m8dqU2TCGwp21m9epcGIib7oK4vMKGT7TORUN6hiLjkiWiublwuuGHm5-UqyOisij94K1GCvC6DG5JAB1YqomfKbmNZcgz1zkuh8pM_Lz7tvSn9wG3Y_E09nmqcDvrkSvMo9MX02ec6bP0g\/s16000\/1.jpg\" \/\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/div\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ENo hacía demasiado frío en la calle a pesar de ser diciembre, a pesar de ser Navidad. Las tiendas, los comercios, los negocios estaban llenos de gente que pululaba de un mostrador a otro buscando un último detalle, un último regalo. Las calles, las plazas y los parques estaban llenos de gente paseando entre luces, músicas y decoración navideña acompañando a los transeúntes horas antes de la cena. Los bares, las cafeterías, los restaurantes estaban llenos de gente que celebraba encuentros o despedidas antes de las navidades, sabiendo que después volverían a separarse o encontrarse. Todo era felicidad, todo parecía ser felicidad.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EUn niño pequeño estaba perdido entre la multitud, llorando, buscando desalentado a su madre, sollozando porque apareciese su padre. Desesperado se movía entre la marabunta de personas que le esquivaban evitando arrollarle en un traspiés. Nadie parecía fijarse demasiado en él. Y él no hacía otra cosa que luchar contra su angustia para localizar a su familia. A unas calles de allí un padre buscaba como loco a su hijo, escudriñando cada rincón, cada esquina, cada palmo de calle. Gritaba su nombre a viva voz abatido tras horas de intensa búsqueda. Sus gritos no alcanzaban al hijo porque la música callejera y el ajetreo de las gentes atenuaba su consternación. Cerca de una plaza una madre buscaba a su hijo preguntando a todo con el que se cruzaba, enseñando una de las muchas fotos que llevaba en el bolso y buscando una complicidad que nadie le prestaba porque nadie tenía tiempo para ayudar a una madre angustiada. El padre y la madre preguntaban, gritaban y se lamentaban buscando al niño que se les había perdido.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EAmbos regresaron a todas las tiendas por donde habían pasado e interrogaron a cada dependiente con el que habían hablado, preguntaron a todos los vigilantes que durante estas fechas procuran evitar hurtos, pero apenas atienden a niños desamparados, incluso interrumpieron a clientes que estaban probándose ropa, ojeando libros o probando perfumes para asegurarse de que su hijo no había pasado por allí, a pesar de que a esas alturas de la búsqueda casi daban por sentado que nadie se habría fijado en él.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEl niño caminaba desorientado, perdido entre la gente, sin saber qué hacer o a quién dirigirse. Entonces un señor mayor, de larga y blanca barba se le acercó.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Hola pequeño, ¿qué haces por aquí tan solo?\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEl niño, era incapaz de responder, solo podía sorberse los moquillos del sollozo.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Me he perdido —fue lo único capaz de decir.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEl señor mayor se irguió todo lo largo que era, y lo era mucho, al menos esa fue la impresión que se llevó el niño que le miraba desde abajo un tanto asombrado. Solo su presencia le había tranquilizado sin llegar a entender bien el porqué.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Mira —le dijo el señor— vamos a hacer una cosa. Te propongo que te vengas conmigo a buscar a tus padres. Seguro que los localizamos porque seguro que te están buscando.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEl niño, a pesar de la confianza que le inspiraba el señor, sabía que sus padres le tenían prohibido acercarse a desconocidos, aunque, en realidad, pensó, él no había sido el que se había aproximado al extraño, sino que había sido el señor el que había comenzado a hablarle. Su mente, maravillosamente infantil, había encontrado una solución al dilema que le planteaba la enseñanza de sus padres. Así que asintió con alguna duda aún, pero la esperanza de encontrar a sus padres con su ayuda le dio el impulso que necesitaba.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEl abuelo le tendió la mano y el niño la recogió. Percibió una extraña suavidad, pero una profunda calidez. Se sintió seguro. El anciano reconoció la inocencia del pequeño y sonrió. Ambos comenzaron a caminar dados de la mano mirando alrededor para encontrar a un hombre y a una mujer desesperados buscando a su hijo. Para el anciano sería fácil reconocerlos, sus rostros serían muy fácil de identificar. El niño, confiado, dejó de sollozar y una sonrisa abrió su cara. Comenzó a disfrutar de las luces, de la música, de la gente, de los colores, miraba asombrado todo lo que le rodeaba mientras se dejaba guiar por su compañero. El niño, de vez en cuando, levantaba la cabeza para contemplar el rostro del anciano, firme, seguro, convencido, pero al mismo tiempo familiar y amable. El anciano, por su parte, observaba con atención todo lo lejos que sus ojos cansados le permitían intentando localizar al padre o a la madre. No prestaba atención a otra cosa que no fuesen las caras de las gentes con las que se cruzaban y a las que miraba en la distancia intentando percibir cualquier signo de angustia que le permitiese identificar a los padres del niño. Aunque de vez en cuando, también miraba hacia abajo para contemplar al pequeño y disfrutar de su candidez.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EAl cabo de un rato, ni mucho ni poco, pues el tiempo cuando no lo mide un reloj es difícil de precisar, el anciano divisó a los padres que estaban mirando inquietos a todos lados. Les llamó «Oigan, aquí, aquí…» y los padres, atentos como estaban a cualquier signo, inmediatamente se giraron hacia la voz que pareció sobresalir sin estridencias por encima de todos los ruidos de la calle y contemplaron como el anciano se acercaba a ellos con su hijo de la mano. Los padres se lanzaron corriendo a abrazar al niño y el niño, sin soltarse de la mano del anciano, les recibió con cariño. El padre lo agarró con fuerza y lo alzó, y entonces las manos del anciano y del niño se soltaron. El niño estaba perfectamente bien como comprobaron la madre y el padre. La madre lo besó en el rostro y en la cabeza. El padre lo mantuvo entre sus brazos. Entonces, cuando ya estuvieron sosegados y el susto se atenuó, miraron al anciano y se dirigieron a él para darle las gracias. Comprendieron al instante, sin necesidad de intercambiar ni una sola palabra, qué había ocurrido. El anciano sonrió. Los padres comprobaron que su ropa estaba desgastada y la barba algo descuidada. Le preguntaron si necesitaba algo, si podían hacer algo por él, si necesitaba que lo llevasen a su casa. El anciano los miró y por primera vez sus ojos mostraron una profunda tristeza. «¿Le pasa algo?», le preguntaron. Él negó con la cabeza y comenzó a balbucear palabras inconexas sobre tiempos pasados e hijos perdidos. Señaló al pequeño y sonriendo mientras unas lágrimas recorrían sus mejillas y empapaban su barba, lo llamó por un nombre que no era el suyo. «Miguel —así lo llamó—, mi querido hijo». Los padres viendo las lágrimas que surgían de los ojos del anciano comprendieron que estaba perdido, como lo había estado su hijo. Entonces le tomaron de la mano y comenzaron a ayudarle a encontrar su hogar.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EFotografía del autor. Daniel y Rubén.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEn Mérida a 25 de diciembre de 2022.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003C\/p\u003E\u003Cspan\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/span\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cdiv\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/div\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/7879395538827868254\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/12\/un-pequeno-cuento-de-navidad.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/7879395538827868254"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/7879395538827868254"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/12\/un-pequeno-cuento-de-navidad.html","title":"Un pequeño cuento de Navidad."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEjGxCVsOwsIz3Xrc2ouA2CqPkOYtYZxaAC3Hu1oeMwg-g6m8dqU2TCGwp21m9epcGIib7oK4vMKGT7TORUN6hiLjkiWiublwuuGHm5-UqyOisij94K1GCvC6DG5JAB1YqomfKbmNZcgz1zkuh8pM_Lz7tvSn9wG3Y_E09nmqcDvrkSvMo9MX02ec6bP0g\/s72-c\/1.jpg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}},{"id":{"$t":"tag:blogger.com,1999:blog-5750019062073990014.post-906408952508229670"},"published":{"$t":"2022-12-11T08:50:00.005+01:00"},"updated":{"$t":"2023-01-29T08:12:40.000+01:00"},"category":[{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Cuentos y relatos."},{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Rosamundo."}],"title":{"type":"text","$t":"Rosamundo (ii)."},"content":{"type":"html","$t":"\u003Cdiv class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\"\u003E\u003Ca href=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEgNq0xcMQLR7y9Jz3NwcwCb6pz8ExrzgZAz26kVUONovNa1cOR1o_ikYzTiKMH7amyGcMYMIe51DC4gve0Cvl5pLHNEQ_8Yl_LGf8DP4AReKTioYndULSHfn4kv1Jky65Vm_6UxIvOWONPi5MyOuruJcmOVHkM2tGkaZBECfQfGeoMOJPVl6d3uee1rJw\/s6240\/1.jpg\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"\u003E\u003Cimg border=\"0\" data-original-height=\"4160\" data-original-width=\"6240\" src=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEgNq0xcMQLR7y9Jz3NwcwCb6pz8ExrzgZAz26kVUONovNa1cOR1o_ikYzTiKMH7amyGcMYMIe51DC4gve0Cvl5pLHNEQ_8Yl_LGf8DP4AReKTioYndULSHfn4kv1Jky65Vm_6UxIvOWONPi5MyOuruJcmOVHkM2tGkaZBECfQfGeoMOJPVl6d3uee1rJw\/s16000\/1.jpg\" \/\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/div\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERosamundo fue trasladada a la Institución para Niños Felices, que así se llamaba el orfanato al que llamó el dueño de la granja donde la abandonaron; el nombre, bien pensado, reflejaba la realidad de la entidad, pero no era aplicable a todos sus residentes, y no precisamente porque los niños no fueran allí felices, que lo eran pues tienen la capacidad de ser felices en cualquier circunstancia aun cuando para cualquier otra persona algo mayor sería imposible, sino porque sus cuidadores, abnegados todos ellos en su trabajo, no lo eran, no lo podían ser porque conocían las historias de los niños, de sus niños. Estos tienen la fortuna de no entender lo que les ocurre, o tal vez lo comprenden de un modo que los adultos han olvidado. La vida no les ha ofrecido aún los avíos mentales y las experiencias necesarias para entenderla y eso les permite encontrar la felicidad donde ningún adulto sería capaz de hacerlo. Los adultos, por el contrario, ya obtuvieron gracias a su madurez o por su culpa todos los instrumentos necesarios para concebir la realidad tal y como es, eso sí, bajo el prisma subjetivo y personal de cada uno. Y es precisamente esa individual concepción de la realidad que tienen lo que les impide en muchas ocasiones ser felices. No son capaces de asumir las penalidades y el sufrimiento que observan o soportan porque en ellos recabaron conceptos como la injusticia, la sinrazón, la inmoralidad, la indecencia, la infamia y la vergüenza que a los niños aún no les llegó. Así pues, en la Institución para Niños Felices, los niños eran felices y sus trabajadores no. Pero los niños se van haciendo mayores, esa enfermedad no tiene cura para ellos, y el virus que la inocula, el tiempo, a todos contagia sin excepción. Y Rosamundo cuando ya no era niña, inventó una historia de amor que no tenía palabras de amor, pero a todos los que la escuchaban les temblaba el corazón. Rosamundo nunca recibiría la atención de hombre o mujer alguno. Su ombligo no era lo único extraño —mágico para ella— que tenía. Su rostro no era hermoso y su cuerpo no era bello. Estaba lleno de cicatrices. Y la gente no es capaz de ver más allá del cascarón que nos envuelve, la gente no es capaz de entender, por más que se esfuerce y muchos lo intentan, que lo de dentro es lo que concierne, prevalece e importa y que lo de fuera envejece, enferma y se consume, salvo, claro está, que alguna de esas experiencias y conceptos que la vida va inculcando en los seres humanos según van creciendo le cause una trágica herida de la que su inocencia, que subsiste de cuando era niño en el fondo del corazón como una coraza bienhechora, quiebre y no pueda salvarle.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERosamundo no tiene miedo, eso ya lo sabemos, ella lo dice continuamente y no lo hace para esconder su verdadera emoción, lo dice porque es cierto, pero además es fuerte y valiente. Por suerte, no es temeraria a pesar de que el mundo que la rodea intenta empujarla constantemente hacia precipicios de los que nadie lograría salir. Rosamundo aguanta todo lo que la vida tiene preparado para ella, que es mucho, tal vez demasiado, tal vez la vida se ha enconado con ella sin razón aparente. Algunos dirían que son razones de dios, otros que la fortuna no la ha tenido en cuenta, y otros sencillamente la miran con pena y se compadecen de ella. Pero ella es más que todo eso, está por encima de dioses, de fortunas y de compasiones. Rosamundo vive y quiere vivir. Se aferra a la vida como el único don que ha recibido y que es verdaderamente suyo. Rosamundo entiende lo que a otros les resulta inalcanzable, Rosamundo ve en su existencia una razón por encima de cualquier otra, y la razón esconde en sí misma su fin, Rosamundo vive y quiere vivir porque está viva.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ELa Institución para Niños Felices, el orfanato en el que vive Rosamundo, está en medio del campo. Es una suerte de granja rodeada de altos árboles, que verdean en primavera y amarillean en otoño, donde hace varias décadas una señora que no quiso que su nombre mancillara el de la institución que quería crear decidió con la fortuna que amasó en vida crear un lugar de acogida para niños huérfanos donde procurarles cobijo y resguardo. Ella también fue huérfana y los recuerdos que conservaba de su infancia eran amargos por la falta de cariño y atención que cualquier niño requiere y que ella no tuvo. Su familia de ascendencia alemana se hizo cargo de ella con desgana y cierto desaire a la muerte de sus padres hasta que comprendieron que gran parte de la fortuna que la niña había heredado sería gestionada por ellos. Entonces la recogieron y la malcuidaron a costa de los dineros que el albacea de la niña liberaba puntualmente cada mes. Cuando creció y la niña se convirtió en adolescente y la adolescente se transformó en mujer, se marchó inmediatamente de una casa donde desde hacía mucho tiempo sabía que no la querían. Ya tenía decidido qué iba a hacer con la fortuna que le quedaba y compró un gran terreno boscoso donde construyó un edificio de madera en el que daría cobijo a niñas desamparadas. Después, con los años, llegaron también los niños y cuando Rosamundo recabó en el orfanato, nombre que casi no se decía en la institución porque no habían logrado eliminar las connotaciones perniciosas, eran 23 los que residían permanentemente allí. Otros tantos llegaban en períodos estivales y no menos se acercaban a comer o cenar antes de regresar a algo parecido a sus hogares.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERosamundo llegó a la casa de acogida cuando era un bebé y se marcharía sola, sin familia, tal y como llegó, cuando ya alcanzaba la mayoría de edad establecida por la Institución que eran los 16 años. Algunos de los niños se quedaban en la Institución trabajando en ella cuando se hacían mayores, pero Rosamundo no quiso. Su decisión era firme, a pesar de que intentaron convencerla para que no rompiese su vínculo porque todo el mundo le tenía gran cariño, pero ella se negó, no porque no estuviese a gusto allí, sino porque necesitaba conocer aquello que nunca estuvo a su alcance. Rosamundo entonces ya era una mujer y su infancia había quedado enterrada entre aquellas paredes y árboles, pero también en su corazón, latente y expectante. Seguía creyendo en la magia, pero más por necesidad, por aferrarse a algo que le diera la fuerza que necesitaba, que por fe ciega. Y Rosamundo seguía sin tener miedo.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EFoto de AlteredSnaps en PEXELS\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEn Mérida a 11 de diciembre de 2022.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003C\/p\u003E\u003Cspan\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/span\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/906408952508229670\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/12\/rosamundo-ii.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/906408952508229670"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/906408952508229670"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/12\/rosamundo-ii.html","title":"Rosamundo (ii)."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEgNq0xcMQLR7y9Jz3NwcwCb6pz8ExrzgZAz26kVUONovNa1cOR1o_ikYzTiKMH7amyGcMYMIe51DC4gve0Cvl5pLHNEQ_8Yl_LGf8DP4AReKTioYndULSHfn4kv1Jky65Vm_6UxIvOWONPi5MyOuruJcmOVHkM2tGkaZBECfQfGeoMOJPVl6d3uee1rJw\/s72-c\/1.jpg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}},{"id":{"$t":"tag:blogger.com,1999:blog-5750019062073990014.post-4188592775486426536"},"published":{"$t":"2022-12-04T08:04:00.004+01:00"},"updated":{"$t":"2023-01-08T07:18:54.588+01:00"},"category":[{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Cuentos y relatos."},{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"El juicio de Dios."}],"title":{"type":"text","$t":"El juicio de Dios (xxiii)."},"content":{"type":"html","$t":"\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cdiv class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\"\u003E\u003Ca href=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEjSJJTlS8a0az_DI7abmddf_ZIJoN5oEyqp4jneTCOY1IIQtajJwPCosqSlINl9GcEXD3dp2uK7O-W9t9hrCSh4KztiXKjkHwALG_qq8ZD7aIav2PpN5vlgxlJIg0rVZIZPjVhSmV4aLJkV2xQvfEvqV3c2I2_UmoUa82MDDygGh27tfQiXv3oeo9wiRg\/s4096\/1.jpeg\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"\u003E\u003Cimg border=\"0\" data-original-height=\"4096\" data-original-width=\"3276\" src=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEjSJJTlS8a0az_DI7abmddf_ZIJoN5oEyqp4jneTCOY1IIQtajJwPCosqSlINl9GcEXD3dp2uK7O-W9t9hrCSh4KztiXKjkHwALG_qq8ZD7aIav2PpN5vlgxlJIg0rVZIZPjVhSmV4aLJkV2xQvfEvqV3c2I2_UmoUa82MDDygGh27tfQiXv3oeo9wiRg\/s16000\/1.jpeg\" \/\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/div\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003Cp\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEl alegato del fiscal fue un auténtico revés para todos, desde luego lo fue para mí porque tuve la extraña sensación de que había escuchado aquello que realmente no quería escuchar porque en el fondo de mi corazón sabía que era verdad. A priori debería haberme sentido feliz porque la intención del fiscal era evitar que Dios fuese procesado, cuando debería haber manifestado con firme convicción su culpabilidad para que fuese condenado, pero, sin embargo, pedía su absolución alegando que la existencia de dios era imposible de demostrar y, por tanto, Dios no era dios, y, por tanto, no podía ser responsable de aquello que no había podido hacer. Había consumado de forma sensata cualquier posibilidad que acreditase su existencia, sembrando en todos nosotros una terrible y dolorosa duda que minaba nuestra más profunda fe. Era una vuelta de tuerca en el sentido del juicio para la que yo no estaba preparado. Miré a cada uno de los miembros del equipo de abogados que estaban trabajando en velar los intereses de Dios y me pregunté si serían capaces siquiera de sembrar una mínima duda razonable en los miembros del tribunal acerca de la divinidad de Dios y evitar al mismo tiempo su condena después de lo que acabábamos de escuchar. Todos cuchicheaban visiblemente inquietos. María, sin embargo, parecía tranquila que el resto. Durante el descanso me acerqué a ella e intenté que me adelantara alguna de las conclusiones que tendría que presentar. La realidad es necesitaba que me transmitiese algo de aplomo. Me dijo que a estas alturas del juicio nadie tenía mucho que aportar y que lo que había hecho el fiscal no era sino tergiversar la realidad para intentar sembrar una duda «más que razonable en la mente de los jueces», esas fueron sus palabras que se grabaron a fuego en mí corazón por la trascendencia que tenían provenientes de su boca. Reconoció que el discurso había sido muy sensato y que había sabido lanzar un mensaje claro que escondía, sin embargo, mucha ambigüedad, porque pretendía la absolución de Dios basándose en su propia condena. «No entiendo —le dije algo aturdido—, lo siento, pero no lo entiendo». Ella me miró con compasión y me dijo condescendiente que cuando la escuchase lo comprendería, pero que en ese instante necesitaba tener una conversación con Dios para concretar algunas cosas. Así que me dejó allí y se acercó a hablar con Dios. Los miré y comprendí algo en lo que no había caído hasta entonces. Ellos se conocían de antes. No sé muy bien cómo pudo habérseme escapado ese detalle, ni tampoco puedo explicar cómo era posible que estuviese tan seguro, pero entre ellos había una familiaridad que me resultaba sorprendente. Y viéndolos allí a ellos dos solos, hablándose, sentí envidia de María y sentí una gran pena por Dios. Estaban los dos susurrándose sin que yo alcanzase a oír una sola palabra cuando mi máximo deseo en aquel instante era poder escuchar esa conversación que con toda probabilidad terminaría de definir los argumentos que María utilizaría en su último alegato en defensa de Dios. Estaba convencido de que María intentaría demostrar que Dios era dios contradiciendo al fiscal, pero que eso no era argumento suficiente para que la humanidad lo condenase porque el dios que los hombres querían condenar no era el dios que Dios decía ser. Aquello de repente se había convertido para mí en un galimatías incomprensible, oscuro y nebuloso, que a duras penas lograba entender si es que podía ser entendido en alguno de sus poliédricos matices. Para mí todo aquello comenzaba a ser tedioso y confuso: innecesario, en definitiva, puesto que la humanidad, por muy representada que estuviese en el tribunal que allí estaba juzgando a Dios, no me parecía competente para sentenciarle. Su divinidad, cierta o falsa, estaba fuera del ámbito humano y su responsabilidad, cierta o falsa, no podía someterse a nuestro sojuzgo. Y mientras tanto, yo me sentía abandonado por Dios porque no recibí de él ni tan siquiera el más mínimo gesto de complicidad cuando le busqué antes de escapar de aquel lugar que me estaba asfixiando.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ESalí a respirar algo de aire. Estaba aturdido y la mente me daba vueltas intentando resolver un rompecabezas que no estaba seguro de querer ni de poder comprender. La calle estaba totalmente vacía. Hacía frío y el suelo rezumaba una humedad que se estaba convirtiendo es escarcha. El silencio era absoluto, ni tan siquiera el viento se atrevía a mover levemente las hojas de los árboles que escoltaban el bulevar en el que la sede del juzgado se encontraba. El cielo estaba gris, pero no amenazaba lluvia, parecía triste. Caminé durante un buen rato. Sabía que el juicio no se reanudaría hasta bien entrada la tarde porque los jueces habían propuesto un receso de un par de horas para comer. Caminé y caminé distraído sin prestar atención al camino que seguía y sin darme cuenta de que la tarde caía y poco a poco me atería. Quería evadirme, quería dejar de lado cualquier interpretación, cualquier lectura, cualquier conclusión que el juicio de Dios pudiera suponer. Sabía por los medios de comunicación que se trataba de un acontecimiento que estaba siendo seguido por millones de personas a lo largo y ancho del mundo con muchísimo interés. Porque millones de personas querían encontrar la misma respuesta que yo procuraba evitar. Querían saber si Dios era dios. Querían confirmar o desmentir sus propias convicciones. Y no es que fuesen baladíes para ellos las cuestiones de fondo del juicio, pues había gente que deseaba la condena de Dios por su responsabilidad en todos los desastres que habían ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad, tanto aquellos que podríamos tildar de menores como aquellos más principales que conformaban los anales de la historia, y de los que se le acusaba en el juicio. Había gentes que deseaban ver a Dios castigado, que lo deseaban de corazón, tal vez por lo que ellos mismos habían sufrido, tal vez porque consideraban que Dios había sido cruel al tomar parte en esas atrocidades, o tal vez porque pensaban que Dios debía haber intervenido evitando terribles desastres; y por todo ello se atrevían con soflamas incendiarias y vehementes contra él, que fueron recogidas por numerosos medios, en las que expresaban abiertamente su postura sin ningún tipo de resquemor, igual de forma temeraria porque, tal y como advirtieron algunos teólogos ultraortodoxos de varias religiones, que no se atrevieron a pronunciarse sobre la posible divinidad de Dios, pero que afirmaron que si Dios era castigado por su supuesta responsabilidad en las terribles acusaciones que formaban parte del juicio, qué nos aseguraba que cuando se dictase la sentencia, el propio Dios, haciendo gala de su omnipotencia, no tomaría inimaginables represalias de un tipo hasta ahora inconcebible contra toda la humanidad puesto que nosotros, los seres humanos, no habíamos sido capaces de mostrar la más mínima piedad sobre su figura y habíamos condenado su existencia. Muchos vieron en este juicio la antesala del apocalipsis en sus distintas interpretaciones religiosas, y consideraron que se trataba de la última oportunidad que ofrecía dios, a través de Dios, para que la humanidad se resarciera de sus pecados antes del verdadero juicio final. Reconozco que había muchos que también querían que Dios fuese absuelto por miedo precisamente a esa expiación que sufriría la humanidad o interpretando precisamente este juicio como si constituyese los prolegómenos de ese juicio final en el que sería dios el que nos juzgase. Yo caminaba absorto sumido en estos pensamientos, pero quería olvidarlo todo, necesitaba olvidarlo; deseaba una paz interior mucho más sencilla, más simple, algo que me permitiese seguir haciendo lo que había venido haciendo en los últimos tiempos al lado de Dios y con lo que realmente me sentía feliz.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EFoto de Vishal Shah en Pexels.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003ECracovia a 28 de noviembre de 2022.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003Cspan\u003E\u003C\/span\u003E\u003C\/p\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u003Cp\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cdiv\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/div\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/4188592775486426536\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/12\/el-juicio-de-dios-xxiii.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/4188592775486426536"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/4188592775486426536"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/12\/el-juicio-de-dios-xxiii.html","title":"El juicio de Dios (xxiii)."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEjSJJTlS8a0az_DI7abmddf_ZIJoN5oEyqp4jneTCOY1IIQtajJwPCosqSlINl9GcEXD3dp2uK7O-W9t9hrCSh4KztiXKjkHwALG_qq8ZD7aIav2PpN5vlgxlJIg0rVZIZPjVhSmV4aLJkV2xQvfEvqV3c2I2_UmoUa82MDDygGh27tfQiXv3oeo9wiRg\/s72-c\/1.jpeg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}},{"id":{"$t":"tag:blogger.com,1999:blog-5750019062073990014.post-6407353467497852983"},"published":{"$t":"2022-11-26T08:23:00.003+01:00"},"updated":{"$t":"2022-12-04T08:27:23.039+01:00"},"category":[{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Cuentos y relatos."},{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Rosamundo."}],"title":{"type":"text","$t":"Rosamundo (i)."},"content":{"type":"html","$t":"\u003Cdiv class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\"\u003E\u003Ca href=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEh_pOy7XxEyUyC2hfWThaaHAnl89gkcaqgDGWpN5-v13QlSjcGOk7a_AMla0EpgO9s3RgbWr92QJh1sHLR386qXaUj1q8hWo3vQMuxsGb7AmcjgC-eP4sOqJpPzK29pLu38VTCpINTCB0XBb1fdNFSZV3ElD-9dEFO9MGJNGCRdLSEcI3u28CK-rQsgMQ\/s5184\/1.jpg\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"\u003E\u003Cimg border=\"0\" data-original-height=\"3456\" data-original-width=\"5184\" src=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEh_pOy7XxEyUyC2hfWThaaHAnl89gkcaqgDGWpN5-v13QlSjcGOk7a_AMla0EpgO9s3RgbWr92QJh1sHLR386qXaUj1q8hWo3vQMuxsGb7AmcjgC-eP4sOqJpPzK29pLu38VTCpINTCB0XBb1fdNFSZV3ElD-9dEFO9MGJNGCRdLSEcI3u28CK-rQsgMQ\/s16000\/1.jpg\" \/\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/div\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERosamundo no tiene miedo. Al menos eso es lo que dice. Rosamundo es una niña a la que no le queda mucho para ser mujer y cuando le preguntan sobre su futuro lo tiene claro: quiere ser maga. «Porque así —dice ella— podré resolver los problemas de mi país —ahí suele detenerse y concluye—. No, mejor de toda la Tierra…». Rosamundo todavía no es consciente de que la magia no existe. Y al igual que el amor que siente por su pingüino de peluche, el que le regalaron cuando nació, Pipi lo llama, desaparecerá y quedará en un hermoso y vetusto recuerdo en unos años, la magia, que es su mayor deseo ahora, terminará quedando en un sueño infantil cuando el mundo, ese que para ella es aún un desconocido, le arreé el primer golpe. En realidad, Rosamundo ya ha sufrido mucho, más de lo que una niña de su edad debería. Rosamundo es huérfana. Su madre murió cuando ella nació. Su padre desapareció al poco tiempo. Está vivo, pero ella no lo sabe. Tampoco él sabe si su hija vive, a estas alturas ni tan siquiera recuerda haber tenido una hija. La abandonó en una granja cercana a la chabola en la que malvivían. Rosamundo no tiene ningún recuerdo de entonces. Mejor así. Su madre era drogadicta. Su padre también. Entre ellos nunca hablaban, solo se gritaban si estaban más o menos sobrios. Cuando estaban bajo los efectos del alcohol o de cualquier otra cosa que pudieran robar y meterse en el cuerpo, solo se miraban y, a veces, lloraban. Su madre quedó embarazada y no fue consciente hasta los seis o siete meses. El padre ni se enteró hasta que un día ella rompió aguas y tuvo que llevarla a casa de un amigo, o algo así, que decía ser enfermero, o algo así…, pero que en realidad era quien les suministraba la mayor parte de las drogas que consumían cuando conseguían algo de efectivo. La pobre mujer no superó el parto. El padre, que no podía soportar ver como padecía, casi sufrió una sobredosis con todo lo que se metió. El amigo, borracho y cuyos conocimientos de obstetricia eran nulos, se limitó a tirar de la cabeza del bebé hasta conseguir que saliera. La mesa donde había recostado a la madre estaba llena de vasos rotos, jeringuillas y restos de todo tipo de drogas. De hecho, la madre se cortó en la espalda con un cuchillo, aunque ella no sintió nada porque antes la habían drogado para acallar sus gritos. Ese fue el mismo cuchillo que utilizó el amigo para cortar el cordón umbilical que unía a Rosamundo con su madre. Y ese es el motivo de que Rosamundo tenga un ombligo tan extraño y diferente al del resto de seres humanos. Ella desconoce esta historia. Quienes ahora la cuidan tampoco la saben. Rosamundo piensa que su ombligo es distinto porque ella es especial. Así que se lo enseña a todos para demostrarles que esa es la señal que la convertirá en una gran maga y podrá utilizar la magia para salvar a la humanidad de todo sufrimiento. Ella lo cree de verdad, está convencida, pero no tardará mucho en darse cuenta de su error. Entonces perderá su inocencia y dejará de ser niña.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERosamundo fue entregada a un orfanato cuando el dueño de la granja, un señor solitario cuya mujer se separó de él tras denunciarlo porque la maltrataba, vio delante de la puerta de su casa la caja de cartón en la que estaba metida la niña como si se tratase de un paquete entregado por un mensajero, pero sin embalaje ni acolchamiento que lo protegiese. Su padre no se había molestado, seguramente ni tan siquiera se lo había planteado, en arrumarla con un maldito trapo que también la abrigara. Estaba desnuda con su extraño ombligo, todavía sin cicatrizar, al aire. El granjero no lo dudó un instante. No quería complicaciones. Ni siquiera sintió la más mínima ternura por la recién nacida. Estaba acostumbrado a la vida en el campo y la niña para él era como una cría de animal. Fue una fortuna que no hiciera lo que acostumbraba a hacer con las crías que le sobraban en la granja. Tal vez, en lo más recóndito de su corazón, aún le quedaba algo de humanidad. Buscó el teléfono de un orfanato y el primero que encontró fue al que llamó. Llegaron del orfanato tras avisar a la policía que también se personó en la granja. Sospecharon de él, desde luego sus antecedentes no eran especialmente halagüeños, pero en seguida quedó claro que la niña había sido abandonada en su propiedad y que él no tenía nada que ver, al menos en esto. Llevaron a la niña a un hospital donde la tuvieron en observación unos días, mientras algún administrativo iba gestionando el papeleo para que la niña pudiera ser acogida en el orfanato, y la alimentaron como dios manda, si es que dios tiene algún mandamiento para estas cosas de recién nacidos. «La niña está sana —dijo el médico que la atendió—, pero solo pensar lo que ha debido pasar esta criatura, me duele». Se lo dijo a su mujer cuando llegó a casa esa misma noche. Ellos no tenían hijos, a pesar de que a él siempre le habían gustado los niños, pero su mujer, directiva en una empresa de cosméticos, no estaba dispuesta a sacrificar su carrera profesional y parte de su vida criando bebés. Cuando eran jóvenes eso no había supuesto un problema, pero el tiempo había aplacado su amor y lo había transformado en una suerte de atávico cariño que sostenían más por prejuicios familiares y sociales que por fe en su futuro como pareja. Él le había contado lo de la niña buscando algo de complicidad y enternecimiento por parte de ella. Pero su reacción no fue precisamente la esperada y sencillamente le deseó suerte asumiendo que difícilmente llegaría lejos. «Esa niña —le espetó— no tiene futuro» y la conversación quedó zanjada. Cada uno se fue a dormir a su hora a la cama que compartían. A la mañana siguiente, tras el desayuno en la cafetería del hospital, el médico salió y le compró un peluche a la niña. En la tienda solo quedaba un muñeco, un pequeño pingüino de color negro y blanco, «Como uno verdadero —pensó el médico—, pero más suave», aunque lo cierto es que el médico no sabía cómo de suave son los pingüinos de verdad. Regresó con el muñeco cogido de un ala y lo colocó en la cuna junto a la niña.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EFoto de DSD en PEXELS\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEn Mérida a 26 de noviembre de 2022.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003C\/p\u003E\u003Cspan\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/span\u003E\u003Cdiv\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/div\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/6407353467497852983\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/11\/rosamundo-i.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/6407353467497852983"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/6407353467497852983"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/11\/rosamundo-i.html","title":"Rosamundo (i)."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEh_pOy7XxEyUyC2hfWThaaHAnl89gkcaqgDGWpN5-v13QlSjcGOk7a_AMla0EpgO9s3RgbWr92QJh1sHLR386qXaUj1q8hWo3vQMuxsGb7AmcjgC-eP4sOqJpPzK29pLu38VTCpINTCB0XBb1fdNFSZV3ElD-9dEFO9MGJNGCRdLSEcI3u28CK-rQsgMQ\/s72-c\/1.jpg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}},{"id":{"$t":"tag:blogger.com,1999:blog-5750019062073990014.post-6701641656775959331"},"published":{"$t":"2022-11-20T09:27:00.002+01:00"},"updated":{"$t":"2022-11-20T09:28:53.752+01:00"},"category":[{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Cuentos y relatos."},{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"El juicio de Dios."}],"title":{"type":"text","$t":"El juicio de Dios (xxii)."},"content":{"type":"html","$t":"\u003Cdiv class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\"\u003E\u003Ca href=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEhwMlgihDsQcoL7h9wW9YnAJqEEId9tldnYv4ji8_uDViF-hnq3bcUEhdQtvD0rnHLHCEFukVC-55zkjx_BEDEreetGNPkw1_P8pN2Er8IYtce4gzVzeEuOofUyQ1H9ZVNhKHjMHr3k22_w664geIg6dl__mwaZGLOdHo3v-G7D9Loh1_XU1zjkPxVjHg\/s3648\/1.jpeg\" imageanchor=\"1\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"\u003E\u003Cimg border=\"0\" data-original-height=\"3648\" data-original-width=\"2432\" src=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEhwMlgihDsQcoL7h9wW9YnAJqEEId9tldnYv4ji8_uDViF-hnq3bcUEhdQtvD0rnHLHCEFukVC-55zkjx_BEDEreetGNPkw1_P8pN2Er8IYtce4gzVzeEuOofUyQ1H9ZVNhKHjMHr3k22_w664geIg6dl__mwaZGLOdHo3v-G7D9Loh1_XU1zjkPxVjHg\/s16000\/1.jpeg\" \/\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/div\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Tenemos ante nosotros a una persona que dice llamarse Dios y que dice ser dios —así comenzó su alegato final el Fiscal Filósofo, ese fue el nombre con el que decidí llamarle y no el suyo verdadero que prefiero omitir puesto que no es relevante para la historia—. Lo dice convencido y lo dice intentando convencernos de esa realidad que, hasta donde sabemos es suya, solo suya. Y es suya porque solo él puede estar convencido de serlo ya que no nos ha podido ofrecer ni una sola evidencia, a pesar de la obstinación de la que todos hemos hecho gala para conseguir que nos demuestre su verdad. Hemos recurrido a una amplia suerte de argumentos filosóficos y teológicos de todo tipo y de todas las religiones habidas en la historia de la humanidad, las monoteístas e incluso las politeístas, para procurarle —dirigió a Dios una mirada severa que inmediatamente tornó hacia los jueces transformándola en condescendiente — cualquier argucia con la que demostrar la veracidad de su aseveración. No nos hubiera importado si esos argumentos hubieran sido sofistas, no nos hubiera importado que hubiese seguido argumentos mayéuticos, dialécticos, lógicos, dualísticos, racionales, empíricos, deductivos o inductivos, o de cualquier otro tipo. Nos daba igual si hubieran servido para llevarnos al convencimiento de su divinidad, tan solo queríamos que nos demostrase su verdad. Porque en lo más profundo de nuestros corazones, todos, absolutamente todos, queríamos creer, incluso aquellos que nos hacemos llamar ateos o aquellos que se confiesan agnósticos. En cualquier caso, hemos mostrado a lo largo de estos meses todo lo que los seres humanos han venido atribuyendo a la acción divina independientemente de si el origen de esas acciones se atribuía a un dios llamado Ahura Mazda, Jesucristo, Yavhé, Alá, Brahma o como quiera que sea y con todos los matices habidos y por haber, derivados de la propia existencia del ser humano. Y después le hemos pedido que reconociese su acción detrás de cada una de las historias escritas en los libros denominados sagrados y aquellas acciones aparentemente contempladas por, déjeme que los llame así, visionarios, y contadas de viva voz que parecen acercarse más al mito que a la verdad —hizo una pausa para descansar y beber algo de agua—. Ha divagado, elucubrado, teorizado, matizado, aunque nunca lo ha reconocido.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E»Pero también le hemos mostrado las consecuencias de su supuesta inacción, le hemos enseñado el dolor en que se ha sumido el mundo desde que tenemos consciencia de nuestra realidad, el egoísmo de los seres humanos, la desidia, el odio, el rencor, … Emociones todas ellas intrínsecas a la naturaleza del ser humano y que han provocado tanto sufrimiento entre nosotros. Y mientras esto ocurría, usted, como dios, no ha hecho nada. Lo trascendente no es como tal su inacción. De hecho, eso, según he venido mostrando, es lo lógico, lo natural, lo que demuestra la falsedad de su supuesta identidad. Lo terrible es que realmente usted, Dios, fuera dios y hubiera decidido tomar partido solo en algunas acciones, pocas, concretas, concisas, limitadas y relatadas en algunos párrafos escritos a lo largo de la historia, y tal vez la prehistoria, de la vida en la Tierra. Y eso es espantoso por una sencilla razón, mostraría un dios cruel, caprichoso, inmoral, y sometido a arbitrio. Y es precisamente esa palabra: “sometido”, la que provocaría que si usted fuese realmente dios no fuera lo último y por encima de su existencia estuviese la moral que, permítame prefiero vincular a la propia naturaleza, al propio universo, esto es: lo que es bueno y lo que es malo, pero regido por unas leyes en apariencia rígidas que aún no han sido descubiertas en su totalidad por la ciencia y que provocan interpretaciones esotéricas que requieren de una divinidad inventada para apaciguar nuestra mente. Evidentemente son interpretaciones humanas, las del bien y las del mal, y seguramente cualquier persona medianamente coherente podría concluir que esas lecturas pueden llegar a ser temporales y responder a conceptos sociales de una determinada época, pero el sufrimiento que subyace tras muchas de ellas lo aleja de ese matiz temporal. El dolor de una madre frente a la pérdida de su hijo no tiene matices, es real como su propia existencia. Y usted, en apariencia, ha decido ayudar a unas pocas madres olvidándose de otras. Esto lo convierte en un dios cruel que no responde a conceptos morales, o lo que es lo mismo, lo\u0026nbsp;convierte en una quimera irreal que solo existe en nuestra imaginación, que solo existe para apaciguar nuestro desconocimiento y que solo existe porque necesitamos que exista. Usted es falso y precisamente gracias a que no existe podrá salvarse de la terrible condena a la que la humanidad debería someterlo ante su irresponsable actuación, de haber sido real.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E»No podrá negarme que le tiendo una mano abierta y sincera que le abre una puerta a una salida inesperada. No quiero que usted sea condenado por sus supuestos crímenes que, no me cabe duda alguna, usted no ha cometido, estoy totalmente seguro. Quiero que usted sea absuelto por no ser quien dice ser. Quiero que confiese que no es dios y que esta pantomima no es más que la respuesta a una locura, a una broma o, quién sabe, a una acción publicitaria de alguna religión monoteísta que ve como cada día, gracias a la ciencia y a la cultura que nos permite divulgarla, el negocio de las religiones va de capa caída. Cosa de la que, permítame que me pronuncie —se dirigió a los jueces del tribunal inclinando con levedad la cabeza—, me alegro inmensamente. Si usted fuera dios, este tribunal debería condenarle por sus innumerables crímenes contra la humanidad, salvo que no fuera omnipotente, cosa que contradiría el principio básico de su divinidad. Si usted no es dios, como vengo sosteniendo a lo largo del juicio y expongo en mis conclusiones, no tanto por el hecho de que no lo sea, sino porque su existencia es imposible e indemostrable, usted sencillamente se verá sometido a una pena de suplantación de identidad, una pena menor por el hecho de que esa identidad, la divina, no existe como tal. Pero quiero anticiparme a la falacia que nuestra querida abogada sostendrá de que la indemostrabilidad de la divinidad, suya o de quien quiera que sea, es una prueba fehaciente que posibilita su existencia. Mi respaldo probatorio y la solución jurídica que ofrezco es más que suficiente para descartar esa hipótesis. La justicia, que es el sustrato y sustento de nuestra sociedad, no puede sostenerse más que en evidencias y las elucubraciones nunca deben constituir una base jurídica para emitir sentencias. Si la existencia de dios no es probable, dios no existe. Si usted quiere creer en él, allá usted con su consciencia. En este juicio hemos desacreditado la posible existencia de dios y hemos posibilitado que el acusado presente sus pruebas para acreditar su tesis. No lo ha hecho. Nosotros sí. En conclusión: dios no existe —entonces miró a Dios directamente y señalándolo con el índice de su mano derecha, le acusó— y usted no es dios.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EFoto de Monstera en Pexels\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003EMérida a 20 de noviembre de 2022.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003C\/p\u003E\u003Cspan\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/span\u003E\u003Cp\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/6701641656775959331\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/11\/el-juicio-de-dios-xxii.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/6701641656775959331"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/6701641656775959331"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/11\/el-juicio-de-dios-xxii.html","title":"El juicio de Dios (xxii)."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEhwMlgihDsQcoL7h9wW9YnAJqEEId9tldnYv4ji8_uDViF-hnq3bcUEhdQtvD0rnHLHCEFukVC-55zkjx_BEDEreetGNPkw1_P8pN2Er8IYtce4gzVzeEuOofUyQ1H9ZVNhKHjMHr3k22_w664geIg6dl__mwaZGLOdHo3v-G7D9Loh1_XU1zjkPxVjHg\/s72-c\/1.jpeg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}},{"id":{"$t":"tag:blogger.com,1999:blog-5750019062073990014.post-2614713148488384267"},"published":{"$t":"2022-11-06T08:41:00.000+01:00"},"updated":{"$t":"2022-12-11T08:51:12.979+01:00"},"category":[{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"Cuentos y relatos."},{"scheme":"http://www.blogger.com/atom/ns#","term":"El juicio de Dios."}],"title":{"type":"text","$t":"El juicio de Dios (xxi)."},"content":{"type":"html","$t":"\u003Cdiv class=\"separator\" style=\"clear: both; text-align: center;\"\u003E\u003Ca href=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEi05KXClw_zJHyBOL_GKHfWVTx2N5NQvrtuixuoIoOpGw6m3GRsVi-OXxaoEqilg5fn5n7N1T7bHQ_pqXTEvFHzuDCymTqWiWtc1yiX8zMb9JyS3t5BcPronjLyuDQBcWWVNzKpHRZ8q_e2mFKO8WKuWykB3DgcwPibGUgmQlNzl1UQPyyx3v-gVmtjLQ\/s3840\/1.jpeg\" imageanchor=\"1\" style=\"margin-left: 1em; margin-right: 1em;\"\u003E\u003Cimg border=\"0\" data-original-height=\"2561\" data-original-width=\"3840\" src=\"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEi05KXClw_zJHyBOL_GKHfWVTx2N5NQvrtuixuoIoOpGw6m3GRsVi-OXxaoEqilg5fn5n7N1T7bHQ_pqXTEvFHzuDCymTqWiWtc1yiX8zMb9JyS3t5BcPronjLyuDQBcWWVNzKpHRZ8q_e2mFKO8WKuWykB3DgcwPibGUgmQlNzl1UQPyyx3v-gVmtjLQ\/s16000\/1.jpeg\" \/\u003E\u003C\/a\u003E\u003C\/div\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERecuerdo con una mezcla de rabia e impotencia otra de las sesiones en las que con persistencia y en muchas ocasiones con suma inteligencia, buscaban contradecir el testimonio de Dios, y precisamente de esa sesión recuerdo a otro de los fiscales, pienso que seguramente era filósofo además de abogado, que trajo a colación algunos hechos históricos que prácticamente todo el mundo, al menos todos aquellos que se decían seguidores del cristianismo conocían. Debo decir que todas las intervenciones de este señor siempre me fascinaban. No se prodigaba en discursos y casi siempre estaba en su mesa tomando notas y haciendo preguntas sintéticas cuya respuesta debía ser solo sí o no, aunque ocasionalmente se lanzaba a exponer cuestiones en profundidad y entonces colmaba la atención de los asistentes. Era una persona sumamente amable y educada que conocía los entresijos de, me atrevería a decir, todas las religiones. Siempre que intervenía se hacía un silencio sepulcral en la sala y todos atendíamos con especial interés a sus exposiciones pues resultaban sumamente interesantes y hacían reflexionar sobre temas que atañen a todos los seres humanos más allá de sus creencias. En aquella ocasión habló sobre algunos de los milagros atribuidos a Dios en el Evangelio. Siempre comenzaba su intervención preguntándole a Dios si era dios. Dios asentía y ya no volvía a contestar a ninguna de sus interpelaciones. Eso fue algo que acordaron María y Dios. A mí no me parecía una actitud coherente pues había oído hablar a Dios muchas veces y podía ser muy elocuente. Tal vez María tenía miedo de que su locuacidad se viera con una perspectiva engañosa, casi fullera. El caso es que le preguntaron a Dios, aunque como digo no respondió, si él había obrado el milagro de los panes y los peces que cuentan los cuatro Evangelios y que Mateo y Marcos relatan en una segunda multiplicación. Dios sonreía de forma contenida mientras escuchaba las palabras del fiscal.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—¿Es posible —preguntó— que esa maravilla la obrase usted? Fueron muchas las personas que se alimentaron con ese milagro —se cuidó mucho de decir «con su milagro»— aquel día hace unos dos mil años. Y aquí está usted de nuevo, con un advenimiento que aún no ha sido muy loado, pero del que no me cabe duda alguna se escribirá largo y tendido para que los anales de la historia no dejen caer en el olvido su llegada, su nueva llegada.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E»Mire —prosiguió tras una breve pausa para beber agua—, no voy a exponer mi personal opinión acerca de su persona porque no es algo que me competa en estas circunstancias, ni tan siquiera es algo que pueda ser del interés del tribunal, más allá de la espuria curiosidad que puede movernos como seres humanos, pero no me negará que no es tentador —y en ese instante como un meditado golpe de efecto se acercó a la mesa donde descubrió una caja que contenía una cesta con unos pocos panes y peces— pedirle que reproduzca aquel milagro frente a todos nosotros ya que, tras la larga sesión del día de hoy estamos hambrientos y necesitados. Aquí tiene una cesta con panes y peces y aquí nos tiene a todos, expectantes, además de famélicos tras este intenso día.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E»Y fíjese, también tengo aquí —entonces descubrió otra caja que contenía una garrafa— algo de agua. Poca me parece, para los que somos, pero usted bien podría utilizarla para saciar nuestra sed e incluso, permítame el atrevimiento, como el Evangelio de Juan relata convertirla en un maravilloso vino para deleite de aquellos que sepan apreciar esa bebida entre los que, por desgracia, no me encuentro.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E»Sé que esto que le pido no es de su agrado. Nos lo viene demostrando desde el principio. No quiere usted, o no puede, demostrar su divinidad obrando algún milagro. Sé que la fe que subyace y a la que de forma indirecta alude, no requiere de demostraciones milagrosas para sostenerse, pero esto es un juicio en el que deben presentarse pruebas que acrediten la realidad que usted defiende. En un juicio el acto de fe no sirve para convencer a un tribunal. Deben ser los hechos los que lo hagan y deben estar bien contrastados: científicamente contrastados. Hemos requerido informes a varios prestigiosos científicos para que manifestaran algún atisbo de realidad sobre estos milagros. Ha sido imposible. Y tengan ustedes en cuenta que muchos de ellos son creyentes confesos, incluso en su condición de científicos. Sin embargo, no han sido capaces de encontrar respuesta alguna a esas pantomimas que cuentan los libros sagrados. Y podría sacar a colación una casi infinita lista de milagros de todas las religiones monoteístas que reclaman para sus dioses, separadas, eso sí, de los mitos que pueblan nuestra historia. Ninguno de ellos puede ser demostrado científicamente y es la ciencia la que debe justificar o no la veracidad de su persona en un juicio.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EEn ese instante, Dios alzó su mano derecha, interpelando al fiscal, presumiendo, como así ocurrió, que interrumpiría su discurso para cederle la palabra. El fiscal, imagino que satisfecho por haber logrado que Dios interviniese contra la tónica general, detuvo su argumentación y le dio la palabra.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Si yo ahora mismo transformase el agua en vino o multiplicase los panes y los peces de su cesta, ¿cree que alguno de los reputados científicos podría encontrar explicación para ese hecho? ¿Piensa que alguno de ellos o usted mismo encontraría una respuesta que satisficiera su inquietud? ¿Serviría de algo hacerlo más allá de provocar una escisión entre quienes, obrado el milagro, lo considerasen como tal o quienes sostuvieran que se trata de un vulgar truco? —En ese instante Dios se detuvo durante unos segundos—. No será mi voluntad sometida al arbitrio del ser humano, como tampoco someteré yo al ser humano a mi voluntad. Quien quiera creer que lo haga, quien no lo desee, así deberá apaciguar su conciencia. Lo que los libros dicen de mí, es lo que los libros dicen de mí. Yo soy el que aquí está y mi mensaje es el que digo.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Pero —se atrevió a interrumpirle el fiscal— con todo el respeto. Los libros sagrados fueron escritos por Dios, ¿no es así? O, al menos escritos bajo su auspicio, ¿verdad? Eso es lo que nos han dicho cada una de las religiones que reclaman para sí la exclusiva de su divinidad.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—La fe es y debe ser ciega. La justicia también debe serlo, pero como usted bien ha dicho, se fundamenta en la ciencia. La fe no requiere nada más.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Pero ¿y si la ciencia demuestra algo que contradice la fe?\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—La fe es etérea, no es concisa ni precisa, no puede ni debe serlo. Quienes pretenden explicar lo que nos rodea desde la fe no la entienden en su más profunda concepción. La fe no explica lo inexplicable. La ciencia debe cubrir con su incansable avance las dudas a las que el hombre se enfrenta en su vida, pero la fe constituye el sustrato que da consistencia a aquello que no es alcanzable ni lo será.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Entonces, Dios, si no me equivoco tras escucharle, me atrevería a decir que la fe empequeñece cuando la ciencia crece, ¿no es así?\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Yerras y me apena decírtelo. La fe es individual y la ciencia colectiva. No compiten en nuestro mundo. Son cuestiones ajenas e independientes. Cada una lleva su propio camino. El de la fe es complicado, extraño, está lleno de orgullo y vanidad en ocasiones y eso lo hace peligroso, pero en otras es humilde y recatado. El camino de la ciencia es objetivo y claro, a pesar de que pueda confundirse. En la fe no hay confusión porque no hay verdad.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Pues si en la fe no hay verdad, ¿por qué debemos creer que tú, Dios, seas dios?\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E—Nadie te ha pedido que lo creas.\u0026nbsp;\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EMaría, en ese instante, bajó apesadumbrada la cabeza…\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EFoto de Алекке Блажин enPEXELS.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E\u003Cbr \/\u003E\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003EMérida a 6 de noviembre de 2022.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003ERubén Cabecera Soriano.\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003E@EnCabecera\u003C\/p\u003E\u003Cp style=\"text-align: justify;\"\u003Ehttps:\/\/encabecera.blogspot.com.es\/\u003C\/p\u003E\u003Cp\u003E\u003Cspan\u003E\u003C\/span\u003E\u003C\/p\u003E\u003Ca name='more'\u003E\u003C\/a\u003E\u0026nbsp;\u003Cp\u003E\u003C\/p\u003E"},"link":[{"rel":"replies","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/feeds\/2614713148488384267\/comments\/default","title":"Enviar comentarios"},{"rel":"replies","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/11\/el-juicio-de-dios-xxi.html#comment-form","title":"0 comentarios"},{"rel":"edit","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/2614713148488384267"},{"rel":"self","type":"application/atom+xml","href":"https:\/\/www.blogger.com\/feeds\/5750019062073990014\/posts\/default\/2614713148488384267"},{"rel":"alternate","type":"text/html","href":"https:\/\/encabecera.blogspot.com\/2022\/11\/el-juicio-de-dios-xxi.html","title":"El juicio de Dios (xxi)."}],"author":[{"name":{"$t":"Unknown"},"email":{"$t":"noreply@blogger.com"},"gd$image":{"rel":"http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail","width":"16","height":"16","src":"https:\/\/img1.blogblog.com\/img\/b16-rounded.gif"}}],"media$thumbnail":{"xmlns$media":"http://search.yahoo.com/mrss/","url":"https:\/\/blogger.googleusercontent.com\/img\/b\/R29vZ2xl\/AVvXsEi05KXClw_zJHyBOL_GKHfWVTx2N5NQvrtuixuoIoOpGw6m3GRsVi-OXxaoEqilg5fn5n7N1T7bHQ_pqXTEvFHzuDCymTqWiWtc1yiX8zMb9JyS3t5BcPronjLyuDQBcWWVNzKpHRZ8q_e2mFKO8WKuWykB3DgcwPibGUgmQlNzl1UQPyyx3v-gVmtjLQ\/s72-c\/1.jpeg","height":"72","width":"72"},"thr$total":{"$t":"0"}}]}});